El auto sube y baja por calles estrechas, varias de un solo sentido, y en ocasiones hay que esperar el paso de otros automovilistas para seguir sobre la ruta trazada, o casi al tanteo, hasta llegar al centro del pueblo de Santiago Tulyehualco, donde espera el guía.
Por fin, después de que los personajes intercambian santo y seña a través de sus teléfonos, sonríen como si fueran grandes amigos, ya en la plaza principal de la capital del amaranto y las nieves de sabores.
El nativo se presenta:
—Reyes Bobadilla Chavarría, para servirte.
—Reyes es su nombre.
—Así es.
Un hombre sencillo.
—Síganme.
Es su terruño.
Mejor conocido como Tulyehualco, éste es uno de los pueblos tradicionales de Ciudad de México. Está en la alcaldía Xochimilco.
Aquí hay muchos productores de amaranto. Reyes Bobadilla es uno de ellos. Dice que cosecha cerca de una tonelada en su propiedad, a la que ahora mismo nos conduce, siempre hacia arriba, mientras los vehículos, lentos, dan tumbos sobre sinuosas veredas.
Él y su familia elaboran productos artesanales con puñados de esa diminuta semilla. Se esfuerzan por innovar. Incluso hacen pasteles. Es una tradición ancestral en esta región chilanga.
Algunos pobladores siembran y venden la cosecha. No es el caso de Reyes Bobadilla, cuya esposa, suegros, cuñadas y sobrinos también se dedican a la preparación de galletas, en sus diversas formas, además de las populares pepitorias y alegrías.
Y entonces se llega a la parcela, una especie de hondonada, en lo más alto del cerro, desde el que se divisa gran parte del Valle de México, algunos espejos de agua y más cerros de lo que fue Tenochtitlan, manchas verdes y resequedad, vehículos y construcciones y todo lo que se acumule.
Los manojos de amaranto, colocados sobre surcos del terreno agreste, pronto serán pasados por una máquina trilladora, adaptada para quitar la cáscara de esta minúscula pepita que brota de la antigua planta.
A lo lejos, en la colonia Los Cerrillos, Tercera Sección, está la cooperativa familiar Amaranto Ricos Sabores.
La familia Galindo-Hernández-Reyes, que conforma la asociación, no frena su actividad. Y lo hace con todas las medidas sanitarias.
“Mi papá toda la vida ha sembrado amaranto”, refiere Reyes Bobadilla, de 47 años, quien desde niño aprendió a sembrar la semilla que germina en esta zona rural y en otras alcaldías periférica.
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Reyes Bobadilla Chavarría calcula que alrededor del 80 por ciento de los habitantes del pueblo cultiva amaranto. “Ahora se vende más que antes”, dice quien siembra sobre una extensión de 8 mil 500 metros cuadrados, de la que saca casi una tonelada del cereal.
—¿Es poco o mucho?
—Depende de cómo lo trabajes, de cómo lo elabores. También depende del tiempo…de cómo esté el tiempo.
Y es que en ocasiones, como esta vez, las lluvias han arruinado la cosecha, pero Reyes no es de los que se da por vencido, pues volvió a sembrar y salió adelante.
Lo dice al mismo tiempo que muestra en la pantalla de su celular una serie de fotografías en las que se observa cuando las corrientes de agua erosionan el terreno y desaparece poco a poco el sembradío.
—Pero aquí es un terreno propicio para el amaranto.
—Exactamente: aquí el amaranto en el cerro es el más efectivo, el más bueno. Tiene otro sabor, tiene otra calidad de semilla.
—Hace mucho era más rústica la cosecha.
—Sí, nosotros le llamábamos “el baile”, porque bailábamos sobre una lona para sacar la semilla –dice y simula brincar-, pero los tiempos cambian y ahora tenemos maquinaria para eso.
Una máquina para todos.
Un aparato adaptado.
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Y del campo al taller, con la familia Galindo Hernández, de la que Bobadilla es miembro, pues además de estar casado con Angélica, es quien facilita la semilla. En la batuta está la matriarca Ángela Hernández Vázquez, que de niña, guiada por sus padres, aprendió a comercializar el amaranto.
—Sí, mi papá me enseñó. Estaba yo chiquita y me gustaba ver todo eso. Un día me dijo: “Ven, hija, para que cuando estés más grande hagas tus propios productos”. “Sí, papá”, le dije. Yo veía cómo agarraba la miel y la alegría, la oblea, y yo solita saqué mi galleta, mi pan, todo esto que hago.
—Y pasó el tiempo.
—Sí, y después invité a mis hermanas y yo las llevaba yo a vender nuestro producto. Yo fui quien inventé todo esto- dice, sin dejar de hacer figuras con la harina del amaranto.
Uno de sus tíos fue el creador de la Feria de la Alegría en el pueblo de Tulyehualco, “Él nos jaló para poner nuestros puestos”, dice esta mujer que obtuvo un permiso especial para vender en el Palacio Legislativo.
—Y usted sola se abrió paso.
—Sí, solita, a nadie le anduve diciendo “enséñeme a hacer este de chocolate o esta galleta”.
Y luego se pone a cantar sus productos, como si viviera en aquellos tiempos; la escuchan y sonríen su esposo Juan Galindo, sus yernos, sobrinos, nietos y sus hijas Angélica y Rosa. Esta última tiene 20 años de haberse integrado a la cooperativa. “Seguimos innovando el producto”, dice.
—Y del campo al taller.
—Sí, hasta que llega aquí, a la casa, ahora sí que mi cuñado es el que se encarga de la siembra; de estar en el cerro, cosechándola, y nos las trae acá y la llevamos para que la revienten y queda el proceso de tostado.
Antes doraban la semilla en comal de barro. “Tostábamos todo el día y reventaban como maíz palomero”, rememora, “y ahora hay máquinas para reventar el amaranto”. “La verdad es que esto nos facilita más las cosas”.
—¿Y cuál es el proceso?
—Reventamos la semilla, la llevamos a moler, hacemos el cereal y luego las galletas.
—Y comienzan...
—Sí, hacemos la masa y elaboramos diferentes presentaciones. A la galleta, por ejemplo, le ponemos coco, chispas de chocolates, de ajonjolí, de avena. La base siempre será el amaranto.
—Y las alegrías.
—Sí, las barras de alegrías, de chocolate, hacemos cereal; en la feria, figuras de amaranto, pastel, tamales, atole.
—La más conocida es la alegría.
—Sí, la tradicional, que es la de miel, y las pepitorias, ahora la de chocolate, que igual es la que más piden.
Y aquí, en la cooperativa Amaranto, ricos sabores, la familia Galindo-Hernández-Reyes continúa elaborando el milenario producto que tiene como una de sus cunas el pueblo de Santiago Tulyehualco.
Aquí, donde no dejan de trabajar.
Ni aunque platiquen.