Los trabajos continúan a marchas forzadas en la Plaza de Garibaldi, pues le urge al Gobierno de Ciudad de México que tenga un nuevo rostro, por lo que supervisan construcciones y remodelaciones, pues sería mal visto que el 15 de Septiembre los concurrentes se tropezaran con alambres y cascajos.
Los mariachis ofrecen sus servicios como siempre. En el mercado de San Camilito esperan la birria, el pozole y la carne asada. La clientela va llegando mientras pardea el día. Hombres y mujeres de violines y guitarrones están listos desde temprano y salen de sus cuartos a pescar a quienes llegan con resaca o están dispuestos a festejar.
Un hombre comenta que hace poco el jefe de Gobierno, Martín Batres Guadarrama, llegó a supervisar las obras que no tenían para cuándo y con voz firme ordenó que aceleraran su conclusión.
Esta plaza, rodeada de vecindades remodeladas, tuvo sus primeras luces en el año 1923, con un expendio de pulque, y luego llegaron familias de Jalisco y Guanajuato, de donde es la mayoría de los mariachis, algunos de ellos con familias en Estados Unidos. De la primera entidad son también los dueños de comederos en los que venden birria, pozole y carne asada.
Parece que ya quedaron atrás las etapas en que esta plaza fue relegada, momentos propicios en los que la delincuencia ha tenido presencia ostensible, al grado de que fue escenario de ejecuciones entre bandas que con el tiempo retoñaron en el vecino barrio de Tepito y otras zonas vecinas.Poco antes de llegar, sobre el eje vial Lázaro Cárdenas, hace muchos años llamada San Juan de Letrán, hay inmuebles abandonados y tugurios que aparecen y desaparecen; menesterosos y gente sin techo que deambulan y duermen sobre banquetas sucias, quebradizas, desgastadas, con trozos de asfalto viejo, signo de otros tiempos en esta ciudad de temblores.
Es posible que muchos visitantes no perciben a sus anchas este tramo porque llegan en taxis y descienden en la orilla de esta plaza de cuyo perímetro, hace tiempo, prohibieron salir a los mariachis en busca de clientela que también llega en autos propios al estacionamiento que está bajo la plaza.
Otros tantos visitantes arriban en trolebuses o camiones o en Metro, pues sobre la avenida pasan y hay dos estaciones del subterráneo, Garibaldi y Bellas Artes, un ejemplo de que a este lugar recalan personas de todas las clases sociales, ya sea celebrar algún casorio, quince años, bodas de plata o de oro, o por cualquier motivo, sobre todo en estas fiestas septembrinas.
En la Plaza de Garibaldi, en la que no faltan broncas, como en cualquier lugar de relajo y fiesta, está cambiando con algunos remozamientos, que incluyen sus callejones adoquinados.
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En el Centro Histórico y sus alrededores hay 500 artesanos de diferentes etnias radicados en ciudad de México que venden sus productos; uno de estos espacios es un predio marcado con el número 100 de Paseo de la Reforma, y, el más reciente, en el número 1 de la calle Honduras, Plaza de Garibaldi.
Ricardo Jaral Fernández, director de Programas de Alcaldías y Ordenamiento en la Vía Pública de la Secretaría de Gobierno de Ciudad de México, entrevistado en el Centro Artesanal Reforma, explica sobre la reubicación de artesanos de pueblos originarios que viven en la ciudad.
El Centro Cultural Garibaldi, por ejemplo, comenta, tiene “una connotación mixta, porque en la planta baja hay una organización que está de manera permanente; en el primero y segundo nivel, es itinerante. Ahí tienen una duración de tres meses y salen”.
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Y llegamos a un edificio de Honduras número 1, en el otro extremo de la Plaza Garibaldi, que hace tiempo fue confiscado por las autoridades capitalinas y ahora es utilizado por 100 artesanos, entre ellos el maestro Fernando Cerón Garduño, un cartonero que da clases de este oficio que aprendió hace 62 años con su abuela, cuando era un niño.
“Mi primer contacto lo tuve con la abuela, ya que ella hacía piñatas, contando con elementos muy esenciales, que es la harina para hacer el engrudo; el periódico y los moldes, que es una olla de barro”, explica el maestro Cerón, quien inicia la confección de una calaca.
Su abuela Loreto Zepeda Escutia tenía un puesto de piñatas en el mercado de San ángel y él la acompañaba. Entonces creció con la enseñanza de no solo hacer piñatas sino otras artesanías, como el papel picado para el Día de muertos, por ejemplo, y papalotes.
“La cartonería es muy amplia, increíble, pues en cada parte de la República mexicana, por más pequeña que sea la comunidad, siempre va a haber una expresión de este tipo”, dice Cerón.
—Ahora se ha extendido.
—No, siempre ha estado; la sociedad no se duerme, la sociedad siempre está trabajando, siempre está elaborando; la prueba está cuando comienza la fiesta del santo patrono o de la colonia; la gente no se duerme, sino que ya está pensando en qué voy a hacer para el año que entra.
Estos artesanos trabajan todo el año, es cierto, pues siempre hay algo qué festejar en la colonia o en el pueblo, como las fiestas patronales, Día de muertos y, ahora mismo, septiembre, que es cuando hacen el colorido papel picado para celebrar la noche del Grito de Independencia o para adornar las calles, las casas, los portales.
—Y en noviembre.
—Sí, también podemos montar un altar; porque un altar es como si fuera un libro: se ponen los elementos, pero cada uno de esos elementos tiene relevancia.
—Es la fiesta mayor cuando están más ocupados.
—Yo me atrevo a decir que el Día de Muertos es una de las festividades más grandes para los mexicanos, porque igual en cualquier región de nuestro México, por muy humilde que sea el hogar, siempre habrá una mesa donde se pone una ofrenda; porque ofrendar es dar.
Y mientras moldea una figura, Fernando Cerón Garduño habla de su oficio. “El cartonero, ya con el tiempo, va asimilando mucho saber y puede elaborar piezas de cualquier tipo y de cualquier dimensión; ahorita estamos trabajando formato pequeño”
La materia prima que usa para hacer estas figuras son el engrudo, papel, cartón y alambre. “Esos serían los elementos básicos y ya después solamente necesitamos comenzar a crear”, explica.
En su puesto, adornado con una gama de colores, tiene figuras para ofrecer durante las fiestas patrias, Día de muertos y Navidad; además, imparte talleres e invita “para que vengan al Centro Cultural Garibaldi, no solamente para aprender de cartonería, sino otras cosas”.
Desde la azotea, donde venden comida oaxaqueña, se puede apreciar la plaza con sus mariachis, las esculturas creadas en honor a los más representativos cantantes de música ranchera y los portales con su tradicional mercado San Camilito.