¿Rosario Tijeras es la culpable?

México /

Leticia Chávez Serrano es huérfana de dos hijos. El primero murió después de recibir un disparo durante un asalto. El tiro penetró en el ojo derecho y le salió en la nuca. Horas más tarde apresarían a dos de los implicados, quienes, heridos, habían sido hospitalizados en la Cruz Roja de Polanco. La desgracia familiar continuó en las inmediaciones de la misma zona.

Después de seis meses de ese mismo año, 2014, sin que los hechos tuvieran relación, asesinaron a su hija, mientras que la nieta logró sobrevivir de las cuchilladas del padre. Las dos, madre e hija, fueron encontradas en un charco de sangre. Todo ocurrió en la colonia La Presa, municipio de Tlalnepantla, Estado de México, escenario de otros crímenes.

La abuela, quien se hizo cargo de la nieta después de que le diagnosticaran escasas posibilidades de sobrevivir, dice que a partir de la filmación de una serie televisiva titulada Rosario Tijeras —cuyo personaje central, de acuerdo a la sinopsis, fue violada a los ocho años por su padrastro y a los 14 por unos vecinos— aumentó la violencia en la zona.

Es lo que dice.

Lo innegable es que desde hace tiempo esa franja del Estado de México y municipios contiguos se han visto manchados de sangre.

Como aquel día, 17 de agosto de 2014, a las 19:30, cuando José Alfredo avisó a su madre Leticia que iba a casa de su hermana Linda, pues su cuñado Juan Carlos había prometido venderle un balón.

El joven descendió tres calles y tocó la puerta de uno de los cuartos, que formaba parte de un conjunto de cuatro, ocupados por familiares de Juan Carlos, pero nadie respondió.

Por momentos, sin embargo, llamaron su atención leves quejidos, lo que aceleró el regreso a su casa, y exclamó:

—¡Mamá, mamá..!

Fue el preámbulo de la tragedia.

        

***

José Alfredo detalló todo lo que pudo a su madre, quien bajó con su otro hijo, Víctor Hugo, y su nuera Nayeli. Tocaban la puerta y guardaban silencio. Nada. De pronto escucharon un quejido.

Todo el cuarto estaba cerrado. Uno de los parientes fue a su auto por un desarmador para romper el vidrio de una ventana. Despejaron el espacio y escucharon los tenues quejidos con más claridad.

Leticia y su cuñado apenas podían ver que su hija y la nieta permanecían sobre un charco de sangre. Linda, de 19 años, estaba inerte; la niña, de 13 meses, convulsionaba.

—Ve y háblale a tu tío Lencho, porque algo está pasando con Linda —ordenó Leticia a uno de sus hijos.

Llegó Lencho y tumbó la puerta a patadas. Entraron. Frente a la escena permanecían la propia Leticia y su otra hija, Laida, Víctor Hugo, su cuñado Lencho y su sobrino Iván. Llegó la ambulancia.

Linda estaba bocarriba.

Había sido degollada.

La abuela Leticia envolvió a su nieta en una cobija y la depositó en brazos de su sobrino Iván.

Eran las 20:30.

Leticia abordó la ambulancia y ésta aceleró hacia el hospital Magdalena de las Salinas, en la alcaldía Gustavo A. Madero.

Llegaron en media hora.

La bebé fue intubada.

El diagnóstico: infarto cerebral.

Le dijeron a la abuela que esperarían 72 horas para que la criatura reaccionara, pero no le daban muchas esperanzas.

El día lunes, mientras la nieta estaba internada, Leticia Chávez apenas tuvo tiempo de asistir al sepelio de su hija.

El martes, a eso de las 18:00, la familia había alquilado una ambulancia “de alta tecnología”, como le sugirieron, para trasladar a la bebé al Hospital Pediátrico Legaria, donde fue operada del pulmón derecho, pues lo tenía perforado. Notificaron a la abuela que la situación era difícil.        

Transcurrieron 15 días.

Leticia escuchó de los especialistas lo que tenían en mente hacer con la nieta: “Señora, la vamos a desconectar, a ver si por sí misma puede reaccionar; o reacciona o se nos va”.

La noticia fue un golpe.

Entonces Leticia Chávez recordó lo que había sucedido el 14 de febrero de 2014, cuando su hijo fue intubado y diez días más tarde desconectado: le informaron que había fallecido después de dos infartos.

Por eso su angustia.

—Yo le pedía a Dios que me la dejara, porque ya se había llevado a mi hijo y a mi hija —recuerda Leticia Chávez Serrano.

Y escuchó la buena nueva:

—Señora —le dijo uno de los especialistas—, desde ayer se desconectó a la niña y ya está respirando por sí misma.

Poco antes del mes le comunicaron que la nieta se había recuperado, pero tenía secuelas de un infarto cerebral del lado izquierdo y pérdida de movilidad del lado derecho.

También le informaron que la edad de la nena había retrocedido tres meses, y le dieron esperanzas: “Si la apoya y le da toda la atención que requiera, se recuperará en 80-90 por ciento”.

En el DIF de San Juanico, del mismo municipio, fue atendida hasta el año pasado. La abuela, mientras tanto, le daba terapia tres veces al día. Desde 2018 la revisión oficial es de manera esporádica.

        

***

La abuela renunció a su trabajo de promotora en una tienda de autoservicio para dedicarse de tiempo completo a su nieta, quien va camino a una completa recuperación.

El pasado 12 de julio le hicieron una operación de la vista, pues el trauma le afectó el nervio principal del ojo derecho.

“Para mí es un logro que mi nena cada vez esté mejor, pues para ver tenía que pegar la cabeza en la banca”, comenta Leticia de su nieta, quien usa lentes de contacto y de armazón.     

Además del cuidado de su nieta, Chávez Serrano se dedica a distribuir la fotografía de Juan Carlos Pérez García, El Cachis, “probable partícipe de hechos ilícitos”, por quien la Fiscalía General de Justicia del Estado de México ofrece una recompensa de 300 mil pesos.

Leticia está convencida de que la telenovela “Rosario Tijeras”, cuyo primer capítulo fue escenificado en la zona, influyó para que se incrementara la violencia, de por sí enraizada, pues trata de “pura agresión, matadero y droga; rateros, asesinos y bandas que se disputan territorios”. 

Y medita:

—Dios ha sido bueno y malo conmigo: me ha tumbado y me ha vuelto a patear, se ha ensañado, pero con mi niña ha sido diferente. 

  • Humberto Ríos Navarrete
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