Arrugas

Ciudad de México /

M+ Ser joven no es lo mejor. Lo mejor es pensar años después en cuando éramos jóvenes. Nostálgicos impenitentes, recordamos cómo nos divertíamos entonces, añorando aquella despreocupada libertad. Y se nos olvidan las horas de angustia, el rumbo confuso de la vida, el desconsuelo profundo de las primeras decepciones, las fragilidades, el miedo a no gustar. El filósofo Aristóteles, que no idealizaba los veinte años, escribió que la perfección del cuerpo se alcanza a los treinta y cinco; y la del alma, a partir de los cincuenta.

En esta época de desmedido culto a la juventud, vivimos fascinados por la piel lisa y angustiados por la calvicie o la celulitis. Nos sentimos culpables por los rastros de la edad en nuestro cuerpo, como si envejecer fuese un fracaso y no una necesidad natural. El atractivo se vende envasado en tintes y cremas, plastificado en inyecciones e implantes. A pesar del terror que inspiran los quirófanos, crece la obsesión por cirugías que prometen borrar los surcos de la carne y recuperar su tersa adolescencia. Hace más de veinticinco siglos, Confucio citó unos antiguos versos chinos que celebraban la hermosura del tiempo. El poeta recuerda a una mujer y evoca con deseo “las bellas arrugas producidas por su elegante sonrisa”. Hoy parecemos ignorar que puede haber amor donde no hay belleza y que puede haber belleza donde no hay juventud.

LUIS M. MORALES

  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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