Días volcánicos

Ciudad de México /

Se ha desatado una nueva fiebre: el espectáculo de las malas noticias. Tensos, impacientes y fascinados, nos conectamos minuto a minuto a la retransmisión desde el borde del precipicio. Cada vez es más difícil pensar, hablar, trabajar y dormir en calma. A través de los móviles y ordenadores, obtenemos dosis instantáneas de catástrofe. Consumimos la actualidad como las temporadas veloces de una serie adictiva. Tras el hartazgo de posverdad, fervor y plazas abarrotadas, no es extraño que suframos una sed atrasada de monotonía política.

La democracia nació lejos de este frenesí vertiginoso y de la actual obsesión por las novedades. En la antigua Atenas, seis mil ciudadanos eran convocados a la asamblea no menos de cuarenta veces al año para deliberary votar. Se sentaban al aire libre en un duro graderío excavado en piedra caliza. A menudo los asuntos debatidos no eran vibrantes: alcantarillas, multas, impuestos sobre el ganado o el heno. La clave de aquel experimento político era la calidad de la conversación colectiva. Su ideal consistía en solucionar los problemas de forma apacible, diluyendo las emociones exaltadas en las aguas mansas del razonamiento. La audaz aportación ateniense fue un sistema que funciona mejor cuanto menos apasionante resulta. Aquellos griegos sabían apreciar los buenos tiempos de la democracia aburrida.

Luis M. Morales

  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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