Fábrica de enemigos

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M+  En la sociedad líquida, es duro durar. El tiempo desgasta todo más rápido, y se puede morir tanto de éxito como de fracaso, por las expectativas crecientes o por la erosión de los sueños. Antes de la crisis creíamos que la democracia era irreversible, el club que nadie quería abandonar. Hoy crece en las encuestas el número de personas, sobre todo jóvenes, que aceptarían gobiernos no democráticos, siempre que les garantizaran ciertos niveles de bienestar. El atractivo de la mano dura parece crecer entre aquellos que nunca la han experimentado.

¿Puede morir una democracia? Ya sucedió en la antigua Atenas, y tardó milenios en revivir. El filósofo Aristóteles, que la vio caer, escribió que en política todo es posible, y nada es definitivo. Cada sistema, decía, posee un riesgo característico que anida siempre en su interior y amenaza con hacerlo fracasar. En el caso de la democracia ese peligro tiene el nombre de demagogia, una antigua palabra griega que significa “arrastrar al pueblo”. Hoy que construimos celebridades de tuit en tuit, nos arrastran los líderes díscolos, telegénicos y entretenidos. La receta es antigua, como sabía Aristóteles: tratar a los contrincantes políticos no como personas con convicciones diferentes, sino como gente peligrosa. El demagogo, recordémoslo, es quien promete protegernos de los enemigos que nos fabrica.

LUIS M. MORALES

  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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