M+.- Por misterioso que pueda sonar, comunicarnos con los animales es posible si ellos nos quieren prestar atención. Todos hemos podido comprobar la inquietante seguridad con la cual un perro sabe distinguir si su dueño sale de la habitación por motivos sin interés o por fin se prepara para el esperado paseo. De la misma forma, un caballo es capaz de obedecer las órdenes no expresadas de su habitual jinete con precisión casi telepática.
Si podemos llegar a ser tan transparentes en nuestros actos y estados de ánimo a ojos de un animal que nos ama, es porque él sabe descifrar un antiguo código olvidado para nosotros. Se trata de un sistema de transmisión inconsciente de sentimientos y afectos que es mucho más viejo que la humanidad y que comunica, a través de movimientos expresivos apenas perceptibles, lo que un ser vivo siente o piensa hacer en un determinado momento. Sin duda los seres humanos hemos ido perdiendo la capacidad de captar esas señales a medida que fuimos perfeccionando el lenguaje hablado, pero algunas de ellas, las más visibles, todavía las comprendemos, como por ejemplo el bostezo o el gesto de fruncir las cejas. Los animales pueden percibir e interpretar correctamente muchos de esos levísimos signos, asombrosamente pequeños, que nosotros emitimos sin ser conscientes, pues compartimos con todas las especies una mímica instintiva en gran medida idéntica, que desvela sin posibilidad de engaño nuestras intenciones y afectos. Por eso, los animales nos recuerdan que, aunque parezca mentira, nuestro cuerpo está siempre diciendo la verdad.