Infierno

Ciudad de México /
LUIS M. MORALES

Cuando Sísifo murió, bajó a los Infiernos, el reino de la nada. Había ofendido a los dioses y por eso su destino fue desolador. Lo condenaron a empujar eternamente un peñasco enorme hacia lo alto de un monte. Sísifo tenía que obedecer, estaba en un lugar del que no se permite volver. Con las manos en la roca, se tensaba, hacía ese primer esfuerzo para imprimir movimiento que raya en la agonía y empezaba a subir la cuesta. De la frente le goteaba sudor, que se oscurecía por el polvo. Seguía adelante, sus pies se hincaban en la tierra y desprendían piedras, podía oír el repiqueteo. A medida que se acercaba a la cima, temblaba más y más. Llegaba arriba respirando con dolor. Flexionaba las piernas y apoyaba las manos en las rodillas. Entonces sucedía siempre lo mismo: actuaba una extraña succión que hacía caer otra vez la roca, retumbando, hasta la base de la pendiente. Sísifo bajaba para empezar de nuevo, sin pensar ni confiar en nada. Estaba castigado a repetir sin fin una tarea inútil.

Es una leyenda griega sobre el más allá. Recuerda a una pesadilla. Aunque no siempre despertamos de las pesadillas para descubrir que son un mal sueño. La obra oscura del hombre puede hacerlas realidad. “Tenías que bajar al fondo de la cantera, recoger las piedras que habían ido sacando los que trabajaban abajo y, con la piedra cargada al hombro, empezar a subir los 186 escalones. Subías, dejabas la piedra arriba, volvías a bajar, volvías a cargar, volvías a subir… como una rueda”. Así lo relata Jesús Tello, uno de los primeros españoles deportados al Campo de Exterminio de Mauthausen.


  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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