La extranjera

Ciudad de México /
Luis M. Morales

En el plano de las convicciones, las democracias se presentan con orgullo como territorios de acogida, puertos de asilo, refugios para los perseguidos. Pero tras el rutilante mito del amparo se agazapan realidades menos idílicas. Los dirigentes políticos saben que, en épocas convulsas, la dureza con los extranjeros acrecienta la popularidad de quien gobierna. Esa tensión entre los principios y los hechos surgió ya en la primera aventura democrática de la historia.

El célebre líder político Pericles se preciaba de que Atenas era una ciudad abierta donde no se expulsaba a los extranjeros. Esas palabras contenían una crítica al sistema de sus adversarios espartanos, donde los forasteros eran considerados una amenaza y deportados. Sin embargo, a pesar de sus proclamas, el propio Pericles aprobó una ley restrictiva que limitaba la ciudadanía a quienes tuviesen padre y madre atenienses, privando de derechos políticos a todos aquellos que no eran oriundos por las dos ramas. Ironías del azar, algunos años después, Pericles se enamoró de una mujer nacida en la actual Turquía, la extraordinaria Aspasia. A consecuencia de la reforma legal que él mismo había impulsado, el hijo de ambos fue considerado un extranjero en su ciudad natal. Y así Pericles comprendió en carne propia que la pureza de sangre es una ilusión: todos somos hijos y padres del mestizaje.

Irene Vallejo


  • Irene Vallejo
  • Irene Vallejo Moreu es filóloga y escritora española.​ Por su libro El infinito en un junco​ recibió el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio Aragón 2021.​ Publica su columna Los Atltas de Pandora.
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