M+ Estamos enamorados de la velocidad. En la era digital de los nanosegundos, nos deslumbran las conexiones instantáneas, los procesadores vertiginosos, el milagro de oprimir una tecla y comunicarnos de inmediato a través de inmensas distancias. Pero toda esa tecnología rápida y fabulosa es hija de una máquina que trabaja despacio: el cerebro. Y es precisamente su lentitud la que lo hace tan refinado. Las ideas que sustentan nuestra racionalidad necesitan tiempo y sosiego para desarrollarse. Soliviantada por la prisa, la mente es menos sutil, menos eficaz, menos certera.
Cuentan que uno de los personajes más astutos y atareados de la antigua Roma, el emperador Augusto, solía repetir la frase: “Festina lente”, que significa: “Apresúrate despacio”. Quería decir que conviene caminar despacio si queremos llegar lo antes posible a un trabajo bien hecho. Según varios historiadores, utilizaba esa máxima a menudo en sus conversaciones y solía incluirla en su correspondencia. Los neurólogos contemporáneos dan la razón a Augusto: nuestros mecanismos mentales de respuesta rápida son ancestrales, impulsivos y poco elaborados; mientras que la capacidad de razonar ha madurado en una larga evolución. Apreciemos los ritmos sosegados, pues la velocidad es instintiva pero hemos necesitado milenios y milenios de selección de la especie para llegar a ser lentos.