M+.- Dedicamos muchas horas del presente a anticipar el futuro. En nuestra sobresaltada actualidad, somos bombardeados a diario con visiones del porvenir: expectativas de crecimiento económico, encuestas de intención de voto, vuelcos bursátiles provocados por un pálpito colectivo. A estas alturas sabemos que los pronósticos repetidos —y creídos— desencadenan una serie de circunstancias que favorecen su cumplimiento. Ahí reside el doble juego de estas predicciones: los oráculos alteran el futuro que dicen prever.
Los antiguos griegos eran conscientes de la paradoja de la profecía autocumplida. La sibila de Delfos vaticinó que Edipo mataría a su padre y se casaría con su madre. Para evitar esos crímenes terribles, escapó del hogar donde creció, sin saber que era hijo adoptivo, y llegó a Tebas, donde vivían sus auténticos padres, que lo abandonaron de niño. Intentando huir de su destino, Edipo lo hizo realidad, y fue a la vez verdugo y víctima de la tragedia anunciada. Hoy abundan ejemplos similares en los estudios demoscópicos o en la bolsa. Seguimos venerando a los oráculos, inconscientes de su poder manipulador: los rumores causan pérdidas reales en los mercados, mientras las encuestas electorales atraen votos hacia los partidos a los que pronostican el triunfo. Queremos conocer el porvenir para correr heroicamente en ayuda del vencedor.