M+ Somos seres sedientos de palabras. De las palabras que alivian, que extinguen el miedo, que calman. En todas las épocas hemos buscado en ellas la curación de nuestras turbulencias anímicas. Homero las llamaba “aladas palabras”, captando el poder liberador de ese vuelo acústico de nuestros pensamientos. Hace dos mil quinientos años el orador griego Antifonte tuvo una idea novedosa. En el ejercicio de su profesión se había dado cuenta de que los discursos, si son efectivos, pueden actuar sobre los demás, conmoviendo, alegrando, apasionando, sosegando. Entonces inventó un método para evitar el dolor y la aflicción comparable a la terapia médica de los enfermos. Abrió un local en la ciudad de Corinto y colocó un rótulo anunciando que “podía consolar a los tristes con discursos adecuados”. Cuando acudía algún cliente, lo escuchaba con profunda atención hasta comprender la desgracia que lo afligía. Luego “se la borraba del espíritu” con conferencias consoladoras. Usaba el fármaco de la palabra persuasiva para curar la angustia y llegó a hacerse famoso por sus razonamientos sedantes, nos dicen los autores antiguos.
Después de él otros filósofos afirmaron que su tarea consistía en “expulsar mediante el razonamiento el rebelde pesar”, pero Antifonte fue el primero que tuvo la intuición de que sanar gracias a la palabra podía convertirse en un oficio. También comprendió que la terapia debía ser un diálogo exploratorio. La experiencia le enseñó que conviene hacer hablar al que sufre sobre los motivos de su pena, porque buscando las palabras a veces se encuentra el remedio.