Aforística Sor Juana

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /

Del libro Los refranes del Quijote: poética cervantina, vivisección pormenorizada de los dichos que acumula torrencialmente el Quijote, destaco una sutileza visible de la doctora Nieves Rodríguez: al decir que los refranes son parte de la poética de Cervantes afirma, puesto que la poética es, digamos, el modo esencial que tiene un autor de insuflar literatura o belleza a su palabra, que la obra de Cervantes está signada por tal recurso, el del refrán.

Este procedimiento no es, de hecho, patrimonio exclusivo de Cervantes. Casi puedo asegurar que se trata de un ethos, palabra griega que suele ser usada para designar al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad. 

Esto quiere decir que el uso de refranes, y en general el modo aforístico, atraviesa, permea la obra de casi todos los escritores del Siglo de Oro y su luz se extiende algunas décadas más adelante, pues todavía puede advertirse en las maneras de Sor Juana y otros escritores hispanos como Gracián o Feijoo, o novohispanos como Sigüenza.

¿Y en qué consiste el estilo aforístico? En su Diccionario de retórica y poética, Helena Beristáin, de la UNAM, apunta que el aforismo (también llamado apotegma, sentencia, refrán, adagio, máxima y proverbio) es una “Breve sentencia aleccionadora que se propone como una regla formulada con claridad, precisión y concisión. Resume ingeniosamente un saber que suele ser científico, sobre todo médico o jurídico, pero que también abarca otros campos”, y añade que “se origina en la experiencia y la reflexión”.

Tal es el estilo de Sor Juana, o al menos un rasgo saliente del estilo de Sor Juana, como bien ha subrayado Saúl Rosales en un libro de título inequívoco: Dichos de Sor Juana.

Se trata entonces de 138 “dichos” de Sor Juana que el escritor lagunero entresacó para nosotros, todos con un comentario que los desmenuza clara, puntualmente, para hacerlos accesibles al lector de a pie, lector acaso menos habituado a moverse en el castellano del Barroco. Muchas veces, y esto lo he percibido con mis alumnos, el léxico y la sintaxis del español antiguo son barreras que les parecen infranqueables. Rechazan los Diarios de Colón o las Cartas de Cortés o la Historia verdadera de Bernal e incluso El Buscón de Quevedo porque esos señores escriben “muy raro” y no se les entiende, e incluso porque tienen “faltas de ortografía”. 

Si a esto añadimos la voluntad barroca de escritores como Góngora o Sor Juana, los lectores menos curtidos se agachan y se van de lado, reculan ante tal goce. 

Este alejamiento es lo que quiso evitar Alfonso Reyes al prosificar La fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, en un libro que se llama El Polifemo sin lágrimas, o ahora, entre nosotros, Saúl Rosales con Dichos de Sor Juana, que es casi como decir “Sor Juana sin lágrimas”.

Leer Dichos de Sor Juana es, por todo, acercarnos a nuestra escritora mayor, rozar su grandeza; Saúl Rosales nos lleva de la mano a su aforística con comentarios que, estoy seguro, permanecerán en nosotros como “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”. 

Animémonos a mirar el sol que fue, que es, que seguirá siendo Sor Juana, escritora “cuya fama y cuyo nombre se acabará con el mundo”, como la ponderó Sigüenza.



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