Aquel adiós a la máquina

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /

Tengo frente a mí, detrás de la computadora con la que escribo estas palabras, tres máquinas de escribir meramente ornamentales, reliquias del oficio que atesoro sólo por su aspecto: la Olympia funciona; la Underwood, no; y la Remington, más o menos. 

De cualquier manera, no las conservo por una razón práctica, ni siquiera para rememorar la añeja sensación de golpear sus teclas y escuchar el ruido que hoy da la impresión no de ser ejercicio de escritura sino secuencia de latigazos. 

Son, sin duda, pese a su obsolescencia, aparatos hermosos por su mecanismo visible, por el ingenio de su diseño a flor de metal, que no de piel.

Aunque, como ocurre con todos los adornos de la casa, se han vuelto invisibles para mí, de vez en cuando fijo la mirada en alguna de las máquinas y recuerdo el tiempo de la transición, cuando a finales de los ochenta y principios de los noventa, la década que va de 1985 a 1995, mi década más adicta a la consecución y lectura de revistas y suplementos culturales, fui testigo en aquellas páginas de una pregunta y una respuesta frecuentes en las entrevistas a escritores: ¿usted sigue escribiendo a máquina o ya usa computadora? 

Las respuestas a esa pregunta hoy inviable eran variadas, todavía sin unanimidad. 

Algunos escritores decían que la computadora les parecía muy fría, demandante de gran experiencia en su trato y en algunos casos riesgosa, pues corría el rumor no tan falso de que por un desperfecto del sistema se podían perder documentos, incluso libros ya terminados, así que preferían la máquina de escribir mecánica. 

Otros, una minoría que poco a poco iba pasando a ser mayoría, confesaba que había entrado con tibieza y escepticismo al mundo del teclado electrónico, y que sin duda lo sentían como un avance para la creación literaria. 

Unos pocos, sobre todo los poetas, respondían que ni máquina ni computadora, sino lápiz y papel.

No pasó mucho tiempo (el mundo digital no demoró y sigue sin demorar en avasallarlo todo, incluidos sus propios adelantos) para que la pregunta dejará de aparecer en las entrevistas. 

En un momento de los noventa, quizá en su segundo lustro, ya casi no había escritor que no tuviera una computadora para redactar sus cuartillas, y conste que esto ocurrió poco antes de que llegara la verdadera revolución: internet. 

Escasos años antes de que se creara la necesidad casi física del contacto con “la supercarretera de la información” (apodo que tuvo internet en el momento de su expansión), las computadoras eran, para los escritores, máquinas de escribir, no más, y ya eso parecía ciencia ficción.

En esto, un escritor adelantado en La Laguna fue Paco Amparán. No vi su computadora, pero como chisme azorado en el mundillo literario local corrió la voz de que él, Paco, “tenía una Macintosh”. Me enteré del secreto a voces y no entendí nada. 

Cerrábamos la década de los ochenta y yo seguía fiel a mi Olympia de metal pesado y a mis hojas tamaño carta de papel revolución para sancochar originales que luego, ya para entonces, pasarían a aparecer en revistas, periódicos y en los primeros libros.

Pero no transcurrió mucho tiempo para que la fuerza de los vientos que soplaban en el universo digital también venciera mis defensas: en 1993, gracias al ofrecimiento de un vendedor que la ofrecía en cómodas mensualidades, adquirí una Macintosh Classic II, mi primera compu.

Luego de los tanteos iniciales, pronto me di cuenta de que esa máquina era un adelanto brutal, pues así, de entrada, obviaba los “borradores”. 

A partir de ese momento ya no habría más cuartillas llenas de enmiendas, tachaduras, flechitas con dirección a los calces. 

El texto virtual en la pantalla permitía cambiar infinitamente, sin máculas, la sintaxis de una oración, de un párrafo, de un capítulo, de toda una novela. 

Fue una revelación, aunque poco después ocurrió lo que ya sabemos: el despliegue de los avances digitales, la caducidad programada, provocó cambios de equipo sin freno hasta la fecha.

El Centro Gabo de Colombia publicó no hace mucho una serie de fragmentos que muestra la transición máquina-computadora en García Márquez. 

Al leer sus opiniones recordé las entrevistas que comenté párrafos atrás: hubo un tiempo en el que el periodismo se interesó en saber si los escritores habían dejado de ser arcaicos. 

De las frases que citan de GGM, la primera resume de alguna manera a las demás, pues enfatiza la mayor ventaja que la computadora le dio a su escritura, algo que hoy no vemos porque ya olvidamos escribir con máquina mecánica: 

“Escribir en la computadora es como volver a escribir a mano, se puede romper, quitar, poner. 

Me río cuando mis amigos escritores hablan de su vieja máquina de escribir, de que escribir a mano es como ver fluir la sangre por las venas.

La verdad pura y simple es que el mejor invento que se ha hecho para el escritor es la computadora. 

Si la hubiera tenido hace veinte años tendría el doble de libros escritos”. (“La fama es un oficio de 24 horas”, El Tiempo, 28 de marzo de 1989).

Quiero subrayar la fecha en la que GGM hizo la declaración: 1989. Es la misma a la que me referí al principio, el instante bisagra en el moría un aparato de escritura y nacía otro. 

Cuatro años después, en 1993, opiné igual.

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