Hace casi cuarenta años leí Los condenados de la tierra de Frantz Fanon en la edición del FCE traducida por la escritora cubano-mexicana Julieta Campos (La Habana, 1932-Ciudad de México, 2007).
Fue publicado originalmente en francés, hacia 1961, y su primera aparición en español data de 1963. Fue y sigue siendo un clásico.
Mi ejemplar, el mismo que leí mal leído durante la carrera, es de 1973, su cuarta reimpresión.
Ahora que lo releo comprendo mejor su desafiante contenido, el estallido de sus insumisas páginas prologadas, dicho sea al pasar, por Sartre.
Como sabemos, describe la lucha de los pueblos colonizados por sacudirse el torniquete opresor, el proceso descolonizador.
Como el mundo ha caminado hacia estadios de mayor desigualdad, de hiperconcentración de la riqueza y esquemas de extractivismo y coloniaje financiero ahora manejados a control remoto mediante herramientas digitales, da la impresión de que muchas de las propuestas de Fanon son atendibles al menos en el plano de lo descriptivo.
Es un hecho: el mundo no es mejor que hace sesenta años, y pese a los avances de la ciencia y la tecnología hay una desigualdad bestial que condena a la mayor parte de la población mundial a la Nada y a otra buena parte a la zozobra diaria por conservar lo básico.
Y no me refiero sólo al alimento, la vivienda, el vestido, la salud y demás, sino al bienestar que significa anular o mitigar el miedo al despido laboral del cual cuelga la tranquilidad en todos los sentidos.
La multiplicación del trabajo en plataformas, precarizado e impersonal, particular en sentido estricto (trabajadores que son partículas desunidas e impotentes) es un signo de colonialismo que el capitalismo ha vendido como oportunidad y libertad, cuando en síntesis es un retroceso que da la espalda a los derechos laborales más inmediatos.
La desigualdad atraviesa todos los órdenes de la vida: usamos celulares y computadoras, pero la asimetría entre los dueños de los programas y sus usuarios (nosotros) es abismal: creemos que decidimos pero no decidimos, los algoritmos nos orientan a decidir lo que decidimos.
No quiero desviarme mucho, aunque ya lo hice. Frantz Fanon (Fort-de-France, Martinica, 1925-Bathesda, Maryland, EUA, 1961) dice en un párrafo luminoso y trágico a la vez lo que pasa en los espacios asignados a la miseria, qué son, qué representan:
“La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la ‘medina’ o barrio árabe (…) es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa.
Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras.
La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango.
Es una ciudad de negros, una ciudad de bicots [forma francesa de llamar peyorativamente a los árabes]. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo”.
En ese contexto de espanto, el colono erige “Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer.
El colonizado es un envidioso.
El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: ‘Quieren ocupar nuestro lugar’.
Es verdad, no hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono”.
Siempre me ha parecido increíble que en la colonización de la subjetividad, que es acaso peor que la del territorio, creamos que en el mundo los deseos de poeseer sólo los tenemos nosotros, quienes podemos “tener”.
La mezcla que surge de las oportunidades miserables y lo que es posible conseguir es un dinamo de conflictos, el resultado del resentimiento.
Cuando se afirma que los parias envidian y harían lo que fuera por tener lo que no tienen, es verdad: envidian y desean tener lo que no tienen. Los jóvenes que adhieren al narcotráfico son el mejor ejemplo.
Con una pequeña parte de los resentidos es suficiente para poblar las páginas amarillistas de los diarios y atestar de carne pobre las prisiones.
La inseguridad tiene pues su más remoto origen en la envidia, en el deseo de cristalizar deseos frenados.
No sé por qué, pero al pasar por el párrafo de Fanon citado hace diez renglones, me reapareció “Niño silvestre”, una de las canciones de Serrat que más admiro.
En una sesión del taller literario comenté a los participantes que, como en aquella pieza musical, el escritor puede ejecutar una especie de desplazamiento y parecer distante y hasta cruel.
En la letra de Serrat uno siente con toda claridad, como en las palabras de Fanon, que la mirada no es la mirada de los autores, sino una mirada fría, casi clínica, la mirada de la alteridad que observa el desastre.
Ver al niño (y al adulto y al viejo) de esa manera es lo que justifica su aniquilación, como en las guerras de este momento impulsadas por el déspota de la Casa Blanca.
Como dije, leía a Fanon y la crudeza de sus descripciones, la violencia del mundo que describió en su tratado sobre la descolonización, me llevaron a la canción no tan conocida de Serrat.
¿Hay relación entre ambas obras? Da igual si para otros la hay o no la hay.
Yo sentí que allí latía un hipervínculo y aquí lo muestro para sugerir que la descripción de los cánceres puede apelar a la prosa o al verso.
Da lo mismo. La atrocidad es atrocidad se describa como se describa.