Una celebración personal de este 2026, diría que íntima si me apuraran un poco, es la del cuadragésimo aniversario del mundial 1986.
No tanto por el torneo en sí, sino porque aquel año me permitió admirar la más alta manifestación de un deporte con el que tengo buena relación desde mi infancia.
Cierto que se ha difuminado la pasión del pasado, el placer de ver uno o dos partidos por semana, pero el gusto sigue allí, latente en mi interior.
Ahora casi no veo nada, pero el algoritmo sabe que no me desagrada todo lo que pone a merced de mi consideración sobre Diego Maradona.
A él me refiero cuando digo que hace cuatro décadas vi en televisión al jugador más hipnótico que no había antes visto y no volví a ver después de ese mundial.
El 10 de Argentina fue en aquel momento el único jugador que no parecía posible detener ni a patadas, las decenas de patadas que ciertamente recibió en las canchas de México.
El Diez: Maradona y Nápoles, la historia de amor más bella entre un futbolista y una ciudad (2025, s/e, 64 pp.) es un breve libro del italiano Giulio Famiglietti.
Su propósito es describir la relación sugerida en el largo subtítulo, una relación que hoy, luego de tanto tiempo, lejos de desvanecerse se ha consolidado hasta formar una dualidad indisoluble: Diego es Nápoles y Nápoles es Diego.
Tanto es así que desde hace varios años una buena parte del turismo que llega a Nápoles lo hace como quien recala en un santuario religioso: para recorrer los testimonios del fervor callejero heredado por la presencia del jugador que les dio campeonatos y orgullo frente al poderoso norte de Italia que minusvaloraba al sur napolitano en todos los rubros de la vida, no sólo en el futbolístico.
El pequeño libro de Famiglietti da fe de aquella fe, la fe por Diego en Nápoles, una fe que en realidad es admiración, pero que se confunde con la adoración que habitualmente se deposita, al menos en la cultura católica, a la iconografía sacra.
Como este año cumplo cuarenta de admirarlo no hasta llegar a la fe religiosa, que no tengo, pero sí a su peculiaridad humana no exenta de defectos, en 2026 he decidido leer y si se puede comentar algunos libros sobre Diego, que por cierto no son pocos.
El primero será este, El Diez, que desde el arranque se autodefine como “una carta de amor”, más que como documento sobrio con olor a reportaje o crónica, que es lo que es.
Dice el autor: “Esta es la historia de cómo un hombre, con magia en los pies y fuego en el corazón, cambió una ciudad para siempre.
Y cómo esa ciudad, a cambio, lo hizo inmortal”. Y lo que ya señalé: que la amalgama del personaje y la ciudad terminó por integrarse hasta ser un todo compacto, por esto “verás el rostro de Diego pintado en las paredes, su nombre susurrado en los callejones, velas encendidas bajo su imagen como si fuera una especie de figura sagrada”.
La “declaración de amor” avanza cronológicamente luego de su introducción.
Así, Famiglietti recuerda el amanecer de la devoción, cuando se esparció el rumor de que Corrado Ferlaino, presidente del club, estaba intentando sacar a Diego de Barcelona para llevarlo a las faldas del Vesubio.
Como sabemos, el argentino no tuvo mucha fortuna con los blaugranas, lo que incluyó una lesión artera del tobillo, y al llegar a Nápoles se llenó el estadio sólo para presentarlo.
Allí comenzó todo, aquel contrato “Marcó un ‘antes’ y un ‘después’ definitivo en los anales de la historia napolitana”. Y conste que se refiere a la historia de la ciudad, no sólo a la del equipo.
Los triunfos finalmente llegaron, el equipo azul celeste conquistó campeonatos de la mano de Diego, y entonces la devoción se convirtió en peligrosa euforia. Tal fervor tenía un costado destructivo:
“Maradona, el hombre más famoso del planeta, no tenía vida privada en Nápoles (…) Estaba atrapado por su propia popularidad, incapaz de escapar a las implacables demandas de una ciudad que lo amaba con una intensidad aterradora y que lo consumía todo”.
En el contexto del encierro, sumado a las relaciones torcidas que nunca faltan en medio de la fama, apareció la droga y el castigo, pero el “núcleo del amor de Nápoles por Maradona permaneció inquebrantable.
Ellos entendían la lucha, entendían la fragilidad humana, quizás mejor que cualquier otra ciudad”.
Hoy, como señalé, “El mito de Maradona se ha convertido en un potente imán para el turismo.
Visitantes de todo el mundo, no solo fanáticos del fútbol, acuden a Nápoles específicamente para experimentar la devoción única hacia Diego.
Vienen a deambular por los Barrios Españoles, a tomar un café en un bar adornado con sus fotos, a comprar una camiseta con el número 10 a un vendedor ambulante”.
La ciudad terminó, cuatro décadas después, confundida con el jugador.
Nunca pasó esto en ninguna otra urbe del mundo. Por esto tras su muerte, como colofón de la película, en las paredes de Nápoles apareció el graffiti necesario: “Maradona non muore mai”, Maradona nunca muere.