Memoria de un adiós interminable

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /
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Una sombría tendencia a la autominusvaloración nos lleva a pensar que los productos artísticos locales no tienen la calidad que sí podemos encontrar en los espacios de la cultura consagrados como centrales. 

Nosotros, los laguneros, somos parte de la periferia, y así como no tenemos esto ni aquello en términos industriales, comerciales o deportivos, nuestra literatura, suponemos, carece del empaque que nos mueva a considerarla trascendente. 

Nos equivocamos al juzgarnos así, creo. Si bien es cierto que en cantidad no podemos concebir libros como lo hacen las factorías editoriales de lugares como Madrid, París, Buenos Aires o la misma Ciudad de México, ocurre que entre nuestros escritores ya no es tan infrecuente la creación de obras estimables bajo cualquier criterio de calidad en su contenido. 

Una de ellas, de reciente hechura, es Un largo adiós que no se acaba (UANL, Monterrey, 91 pp.), de Alfredo Loera (Torreón, 1983).

Afirmo que la calidad de este libro es digna de cualquier lector no por su cercanía de paisano, no por afinidad geográfica. 

Un largo adiós que no se acaba es un libro en el que se adunan los atributos que quien sea puede exigir a una memoria, género al que corresponde este caso. 

Un lector de aquí o de cualquier sitio encontrará en sus páginas el relato en primera persona de un ser humano que, ante la muerte de su ser amado, piensa y repiensa el misterio del abismo que es la finitud. 

Lo hace con impecable prosa y también, asombrosamente, con un rigor a la par sereno y dolorido, lúcido y poético.

Construida mediante la acumulación de fragmentos en caída libre, la memoria de Loera deja ver rasgos de crónica, aunque el asunto que aborda no haya sido organizado de modo cronológico. 

La mujer que cruza Un largo adiós que no se acaba es Teresa Muñoz, pareja del autor durante 17 años. 

Murió el 9 de mayo de 2024, víctima de un cáncer que avanzó rápido y con saña. Teresa Muñoz nació en Minatitlán, Veracruz, en 1967; escribió el libro de cuentos El fin de la inocencia y la novela Días de ceniza. 

Dedicada al teatro, también fue autora de la columna “Las actrices también leen”, publicada en la revista electrónica Bitácora de Vuelos, y fue una incansable promotora cultural.

El autor reconstruye en los fragmentos de su memoria, sin hacerse ni hacernos concesiones, cómo se dio la relación con su pareja, cómo era ella, qué reacción provocó en su entorno familiar y amistoso el hecho de que ella fuera 17 años mayor que él (“nuestra relación nos hacía tremendamente peligrosos o, en el mejor de los casos, incómodos”) y cómo evolucionó su convivencia desde que se conocieron hasta que esparcieron sus cenizas en el mar.

Añade a las peculiaridades de su convivencia frecuentes reflexiones que, sin dejar de tener a Teresa y su partida como eje, indagan crudamente en el laberinto al que nos arroja la muerte con dolor y, de alguna manera, repentina. 

Loera, en un registro que delata su pena al escribir, amplía el interés de la experiencia personal a un ámbito que puede rozar a cualquier lector en tanto potencial víctima de un hachazo parecido. 

La memoria personal deviene así planteo que nos atañe a todos en tanto seres vivos pero siempre, por ello, parados en el precipicio de la muerte. 

Hay pues mucho de filosófico, de hondamente humano en los fragmentos de Un largo adiós que no se acaba, aunque esto no signifique que sea un libro intelectual, sino en esencia un relato desgarrado sobre el término de una vida en medio del amor.

Acompañado por algunos poemas en los que aflora en otro registro la exposición de la memoria, el libro oscila entonces entre dos tesituras; la primera, en los pormenores (digamos concretos) de la relación y, la segunda, en el intento de comprender lo incomprensible que es la muerte, lo que incluye la irrupción de la presencia amada en el espacio de lo onírico y la recurrencia a la literatura más cercana (Rilke) para arrojar algo de luz hacia fondo del túnel.

Este es, creo, el mejor documento de su tipo —una memoria— producido en La Laguna por las virtudes de su forma y también porque uno siente que el legítimo dolor no condesciende al ornamento melifluo. 

Esto se debe a que el autor ha acopiado en sus lecturas el tono justo para hacernos sentir su tragedia sin apelar a ningún chantaje. 

El buceo en su alma es acre, e incluso bordea la incomodidad de hacer ciertas menciones que, pese a lo complejo de su tratamiento, aquí están, latiendo en varios párrafos como borbotones de lava.

Este párrafo de la página 74 condensa en parte lo que he querido recoger en las observaciones anteriores, pues fluctúa de un hecho práctico a una reflexión abstracta: 

“Pero mi amor por Teresa ha sido una de mis emociones más puras y constantes. 

En muchos aspectos este amor por ella es lo que verdaderamente me define. 

Quedarme a su lado no sólo era una cuestión práctica. Me refiero a cuidarla, cuando nadie más iba a ser capaz de hacerlo, al menos no del modo en que yo lo hice. 

Para mí también se trataba de un hecho de vida o muerte. Me quedé con ella hasta el final de sus días, porque también era un camino para no perderme a mí mismo. 

Aún mientras escribo estas memorias estoy en la lucha por no ser destruido por su ausencia. 

Lo cierto es que, de no haber permanecido con ella, mi caída en el abismo habría sido inevitable”.

Alfredo Loera es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. 

De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. 

Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Interpretatio, Texto Crítico, La Revista de El Colegio de San Luis, El Pez y la Flecha, Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, Este País, Tierra Adentro, Red es Poder y Registros de Voz. Títulos de su autoría son Aquella luz púrpura, Wish you were here y Guerra de intervención. 

Estudia doctorado en literatura hispanoamericana en la Universidad Veracruzana y su más reciente libro es Un largo adiós que no se acaba, cuya lectura recomiendo dado que es una memoria escrita con todas las herramientas de la inteligencia y el corazón.

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