Siempre hemos visto que las grandes competencias deportivas sirven para invocar la hermandad de los pueblos y la paz mundial.
Las inauguraciones y las clausuras son los escenarios más adecuados para que desfilen banderas y se emitan discursos con fuerte contenido demagógico en el que se destaca la necesidad de que los pueblos de la tierra convivan en armonía, leal y solidariamente.
Todo debe sonar bonito aunque en realidad vivamos en una circunstancia muy desigual: diez países controlan la economía y los demás, 170 más o menos, dependen de decisiones ajenas.
La “paz mundial” es mera retórica, una quimera que sólo sirve para abrir y cerrar competencias internacionales.
A la violencia real provocada por economías disparejas se sumó por estos días (todavía hoy se nota) la avalancha de violencia simbólica propalada por los medios durante el desarrollo del Mundial.
Como no lo recuerdo en ediciones anteriores del torneo, en esta ocasión se agudizaron muchos rencores internacionales, un efecto opuesto a la hipotética fraternidad apetecida por la publicidad de los organizadores.
El caso más visible y multiplicado de la tirria digital, pero no el único, se dio en relación con los argentinos y su selección.
Casi casi debo precisar que no fueron tanto los argentinos cuanto los porteños y especialmente algunos comunicadores de la capital de aquel país quienes atizaron el ambiente para que se caldeara en buena parte del globo.
En el caso mexicano, un periodista dio pábulo a la “argentinofobia” con declaraciones que se viralizaron en México.
El descerebrado, de nombre Eduardo Feinmann, señaló que odia a los mexicanos y añadió que nuestro país envidia al suyo.
Todo absurdo pero muy eficaz para multiplicarse exponencialmente y verse reforzado por una ola de nuevas opiniones igual o peor de soeces.
Engancharse en cualquier fuego cruzado de las redes es simplista y burdo, pero en esta oportunidad resultó harto eficaz para exacerbar el clima de crispación que espera cualquier rivalidad deportiva para manifestarse en las trincheras de nuestro tiempo: las redes sociales, espacios donde salen a relucir los traumas y los complejos de tirios y troyanos, para decirlo con un manoseado cliché bélico.