Poesía en movimiento

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /

Pensé que el futbol ya no iba a ser capaz de asombrarme, que jamás volvería a ver belleza plena en una cancha con 22 jugadores. Ayer, apenas tres horas antes de trazar estos renglones, vi el partido de Francia contra Suecia y no pude no sentir un estremecimiento al ver el desarrollo del equipo que cantó de “La Marsellesa”. 

Quedé alelado ante la fluidez de su desempeño, ante sus movimientos y el modo en apariencia fácil de alcanzar cotas de calidad muy cercanas a la perfección.

Acostumbrado a un futbol más bien tacaño, áspero, de lucha fragosa y permanente sobre el césped, la selección francesa que vi ayer me llevó a sentir que el juego puede asimilarse a una especie de ballet. 

Los muchachos entrenados por Didier Deschamps dan la impresión de trabajar en una coreografía artística, no en un deporte de roce y empujón. 

Los había visto ya en los partidos de la primera ronda y sin duda percibí, como cualquiera que sepa dos gramos de futbol, su coordinación y su eficacia. 

Pero ayer vi algo más, un detalle que está más allá del combate y el resultado: un estilo que me mueve a pensar en la poesía.

Lo hace porque el equipo francés no da la impresión de desgastarse en pugnas de zancadillas y sudor, sino que siempre corre lo justo para no parecer que se extenúa. 

La pelota avanza entre sus líneas con exactitud, a tiempo, al lugar libre, como si sus rivales fueran figuras estáticas a las que se puede rebasar con toques simples y precisos. 

Pasmoso, la verdad, porque al verlo en la pantalla se notan los movimientos hasta la filtración al hueco de los balones con el fin de crear peligro.

El resultado de ayer fue 3-0, pero pudo ser del doble. Francia llegó con tanta frecuencia y tanto peligro que sus delanteros se dieron el lujo de azotar los postes o fallar por poco, y Suecia pareció un equipo de tercera división impotente ante la superioridad del enemigo.

Por supuesto, en el equipo galo destaca la figura de Mbappé, quien anotó dos tantos a su modo, con rapidez letal. 

Pero el goleador está acompañado de diez jugadores igualmente dotados. Dembélé es descomunal; 

Olise, no se diga, y Barcola es tan rápido y exacto en sus movimientos que parece indetenible. 

Obviamente, no anticipo nada, pero el juego de Francia ya es campeón de este Mundial: de belleza en materia de futbol.

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