Qué nos podemos esperar

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /
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No son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada, salvo el ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las puyas en el terreno de la literatura. 

La bronca más famosa que registran los anales de la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora y Lope de Vega en el Siglo de Oro. 

Estos monstruos se tiraron tan duro que pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por especialistas. 

Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino…”, donde la alusión al tocino busca denigrar los presuntos orígenes judíos del poeta andaluz, dada la prohibición a la ingesta de carne de cerdo.

Nunca han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. 

Esto se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos sólo se den en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para bajarlo de peldaños que en teoría no merece. 

La historia de la literatura está llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos, recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. 

Nadie se salva en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. 

Pueden buscarla para observar lo que señala.

Durante la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero comentar. 

En uno de sus pasajes habla de los corros europeos que en el siglo XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. 

Luego me cayó, gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde hace dos párrafos. 

No resisto la tentación de transcribir las frases que acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. 

Las enumero tal y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:

Jorge Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente”.

Roberto Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es un acto de generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a vivir mucho tiempo”.

William Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar al lector al diccionario”.

Ernest Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

Cyril Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo”.

Truman Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.

Virginia Woolf contra James Joyce. “Ulises me parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta, egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.

Evelyn Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.

Oscar Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y ninguno de sus amigos lo quiere”.

Mark Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente imposible. 

Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte natural”.

Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ofensiva y sin duda cruel, la de Twain contra Austen. 

En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? 

Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

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