Salud por Hernán

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /
Únete al canal de Milenio

Una de las pocas palabras que tal vez no ha logrado destruir la trituradora semántica posmoderna es “lealtad”. 

No es poco decir, pues ya sabemos lo que significan “libertad”, “éxito”, “cambio”, “democracia” usadas hoy como papel de baño para conquistar las causas más abyectas, como es el caso de Milei y su defensa de “las ideas de la libertad” o de Trump y su noción de “justicia”. 

“Lealtad” ha sobrevivido, y creo sigue siendo cara incluso en los códigos de corte siciliano, aunque no deja de ser cierto que también se ha visto atacada por el mercado, esto cuando algunas empresas hablan de la “lealtad” de los clientes, una manera de rebajarla y convertirla en cautividad del consumidor. 

No está mal ser fiel a un producto o una marca, pero sin llegar a ceder el noble y desinteresado sentido que guarda el valor de la lealtad.

Los prolegómenos a este comentario me sirven para traer un ejemplo en el que la lealtad es puramente eso: lealtad. 

Me refiero al libro Mi amigo Hernán (Grano de Sal-UNAM, México, 2025, 116 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). 

Estas páginas son una emotiva evocación de un compañero de andadura, la reconstrucción de una amistad larga y sólida. Tras la muerte de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946-2025), Celorio echa a andar la película del recuerdo y levanta un abarcador túmulo de palabras. La mirada recrea pues, de orilla a orilla, al hombre que fue Lara Zavala, su amigo.

No es esta una modalidad desdeñable de escritura. El género oscila entre la memoria, la crónica y el ensayo biográfico, y nadie mejor para ponerlo en acto que un amigo del personaje que partió. 

Un poco al margen, aclaro que me gusta esta forma de evocación porque creo que, como nadie en La Laguna, he escrito sobre varios amigos y no tan amigos que, como solemos decir eufemísticamente, “se nos adelantaron”. 

Lo siento como un imperativo, como una mínima evidencia de lealtad o algo parecido. 

Por esto, que Celorio haya trabajado un libro sobre Hernán y su amistad es agradecible, ya que entre nosotros no es frecuente la gratitud escrita en formato de libro.

Dicho lo anterior, puede pensarse que el recorrido es triste. Claro que tiene momentos en los que campea la pena e incluso cierto desgarramiento, pero sus páginas son más bien una celebración de la vida y la convivencia literaria. 

En siete capítulos, Celorio avanza temática y cronológicamente. 

Nos habla de la formación de Hernán, de su producción literaria, de su devoción por las letras inglesas, de su trabajo como maestro y editor, de sus numerosos viajes, de su labor en la promoción cultural, de sus maestros y amigos comunes, de sus familias, incluso de su cercanía geográfica (pues buena parte de sus vidas fueron vecinos, lo que posibilitó sistemáticos encuentros dominicales) y, claro, del declive en la salud de ambos hasta uno de los desenlaces: la muerte de Lara Zavala.

El tono del libro es sobrio, pero Celorio no deja de hacer sentir en cada párrafo que la amistad puede y debe ser, pese a la cercanía de la muerte, recordada con alegría y gratitud. 

Salvo en los pasajes relacionados con las calamidades que les acarreó la enfermedad, el autor evoca al amigo para reconocerlo como lo que fue: un ser vital, lleno de ideas, sensible e inteligente. 

Tales rasgos no son una idealización, sino el registro de la convivencia mantenida a ras de suelo, en las innumerables actividades profesionales y festivas que compartieron como cuates durante décadas. 

En ellas caben especialmente los muchos viajes que por sus labores como maestros/funcionarios de la UNAM y escritores compartieron por buena parte del planeta, principalmente en Europa y los Estados Unidos.

Una sección muy importante es la que se refiere a todos los libros de Lara Zavala, de modo que Mi amigo Hernán sirve como rápida guía de lectura. También, la que se refiere a su trabajo como editor en la Universidad, donde creó colecciones que hasta la fecha siguen vigentes. 

El periplo biográfico va más allá de lo esperable, lo profesional, por decirlo así. Se interna en la relación cotidiana, en las costumbres del personaje, en aquello que sólo es visible para quien lo trató de cerca. 

Por ejemplo, al abordar los hábitos concurrentes en el proceso de escritura:

 “A diferencia mía, que siempre anuncio mis proyectos literarios, Hernán, como lo he dicho, no solía hablar de lo que estaba escribiendo, como si el solo hecho de decirlo pusiera en riesgo la posibilidad de llevar a buen fin lo que aún tenía en el tintero; de que se ‘salara’, pues. Pero en cambio sí hablaba, igual que yo, de lo que estaba leyendo. 

Y en esas lecturas del momento basábamos buena parte, acaso la sustancial, de nuestras frecuentes y largas conversaciones”. 

Y así muchos, muchísimos pasajes que nos dan una idea más cercana del personaje público e íntimo, del escritor y del compañero de trajines.

A propósito de Mi amigo Hernán se me ocurre que podría existir una colección cuya base sea el modelo pergeñado por Celorio. 

No de tratados académicos, de ensayos biográficos helados y distantes, sino de obras en las que, por lealtad y con escritura afectuosa, se celebre la vida y la obra del cuate que recién haya partido.

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite