El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda. Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón.
Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.
Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas.
No respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra.
Va aquí un fragmento de la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.
Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población).
Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des¬pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios.
Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas.
Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.
Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga¬do con pacas de algodón.
Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).
En la ciudad de México todo me resultaba apabullante.
La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera.
Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi¬ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad…
@rutanortelaguna