La viralidad es un fenómeno que en la mayor parte de los casos se relaciona con lo audiovisual: un accidente, una agresión, un hecho extraño, la burrada de un famoso son los productos más socorridos de la divulgación repentina, de “lo viral”.
Curiosamente, también hay productos virales de índole textual.
No alcanzan por supuesto el efecto masivo de los audiovisuales, y de hecho su viralidad es tan modesta que quizá ni es digna de ser ubicada en tal rango.
Pienso que un texto (columna, artículo, crónica, poema…) es viral cuando aparece en mi celular o mi computadora como reenvío de varios contactos.
Ya para que tres o cuatro amigos lo divulguen quiere decir que les llegó por diferente medio, que es un texto con capacidad de filtración.
En estos días me llegó uno. Cuatro amigos que no se relacionan entre sí me enviaron el artículo “España contra todo pronóstico”, escrito por Gilberto Carrasquero Naranjo, periodista/escritor de quien no tengo más data.
Es muy bueno. Trata, lo resumo muy apretadamente, del sistema de salud en España, de sus avances y del futuro que se le augura en función de las estadísticas actuales.
Es significativo recibir esta información, pero más enterarnos de que es muy probable que España tenga avances en la salud pública en función de un ítem que no parece tener nada que ver en el asunto: la cultura de la reunión, por llamarla de algún modo.
Desde los dos primeros renglones, Carrasquero Naranjo plantea lo que parece una anomalía (y lo es, pero benéfica) “España tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio.
Unos 260.000 bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias”. Cuando dice “bares”, es claro que no debemos entender el sustantivo sólo en el sentido mexicano, como sinónimo de cervecerías o cantinas.
Bares sería en el caso español cafeterías, restaurantes, sitios para reunirse y conversar, en los que también, obvio, puede ser incluido el alcohol.
No es difícil encontrar mediante Google el texto de Carrasquero Naranjo.
Nos plantea con buena prosa y datos contundentes que hablar, que ver amigos, que ejercer el ocio sin apremio por producir bienes o servicios es quizá el mejor medicamento y no aparece, por desgracia, en ninguna prescripción médica.