La guerra que Putin no ha podido ganar

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Estado de México /
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Durante los últimos días, Ucrania ha emprendido una ofensiva contra algunos de los principales centros de datos de Rusia, particularmente los operados por Yandex, el gigante tecnológico conocido como el Google ruso. Los ataques con drones han provocado interrupciones en servicios financieros, plataformas digitales y sistemas de transporte, además de comprometer infraestructura estratégica para el desarrollo de inteligencia artificial. Este 14 de octubre, un nuevo ataque alcanzó instalaciones de Sberbank, aunque la institución aseguró que sus operaciones continuaban con normalidad. La ofensiva representa algo más que una represalia por los bombardeos rusos contra instalaciones similares en Ucrania: es una demostración de hasta qué punto Moscú ha perdido la capacidad de mantener las consecuencias de su invasión lejos de casa.

Cuando Vladímir Putin ordenó la invasión de Ucrania, en febrero de 2022, difícilmente contemplaba un conflicto de semejante duración y desgaste. El Kremlin apostó por la superioridad militar rusa, la fragilidad del gobierno de Volodímir Zelenski y las divisiones occidentales para imponer rápidamente sus condiciones. Ninguna de esas previsiones se cumplió como esperaba. Kiev no cayó, el Estado ucraniano sobrevivió y la operación concebida para reafirmar la influencia rusa sobre su antigua esfera soviética terminó convirtiéndose en una prolongada guerra de desgaste. Una guerra que ha consumido recursos humanos, militares y económicos extraordinarios sin conseguir su propósito político fundamental: someter a Ucrania a la voluntad de Moscú.

Esto no significa que Rusia esté derrotada. Sus fuerzas conservan una considerable capacidad destructiva, mantienen territorios ucranianos ocupados y continúan imponiendo costos devastadores a la población civil. Pero confundir la capacidad de prolongar una guerra con la capacidad de ganarla constituye uno de los grandes errores del discurso triunfalista ruso. Putin puede seguir combatiendo, pero cada año que transcurre vuelve más difícil presentar la invasión como una demostración de eficacia estratégica. La potencia que pretendía redibujar el orden de seguridad europeo mediante una operación militar relativamente rápida ha terminado atrapada en un conflicto que también evidencia las limitaciones de su propio poder.

Los ataques contra los centros de datos añaden una dimensión especialmente incómoda para el Kremlin. Rusia ha invertido enormes recursos en fortalecer su autonomía tecnológica y reducir su dependencia de Occidente. Sin embargo, la vulnerabilidad de instalaciones esenciales para su economía digital demuestra que ni siquiera una política de autosuficiencia tecnológica puede proteger completamente a un país de las consecuencias de una guerra prolongada. Las sanciones internacionales, además, complican la sustitución de equipos especializados y la recuperación de capacidades dañadas.

Tampoco conviene romantizar la estrategia ucraniana. Atacar infraestructura digital de uso civil plantea interrogantes legítimas sobre proporcionalidad, necesidad militar y protección de la población. Que Rusia haya bombardeado instalaciones semejantes no convierte automáticamente cualquier represalia en jurídicamente legítima. Los centros de datos no son objetivos militares por el simple hecho de almacenar información: su eventual utilización con fines militares y las consecuencias previsibles de un ataque deben examinarse conforme al derecho internacional humanitario. Además, las afirmaciones de Zelenski sobre una supuesta disminución de las operaciones rusas de desinformación tras los bombardeos todavía carecen de pruebas independientes concluyentes.

Pero sería igualmente ingenuo ignorar el significado político de estos acontecimientos. Ucrania ha conseguido trasladar parte de los costos de la guerra al territorio del agresor, obligando a Rusia a destinar recursos a la protección de infraestructuras que antes parecían relativamente seguras. Y aunque esos golpes no necesariamente alterarán el equilibrio militar en el frente, sí cuestionan la imagen de invulnerabilidad que el putinismo ha cultivado durante décadas. El problema para Moscú ya no consiste únicamente en conquistar territorio, sino también en proteger una retaguardia cada vez más expuesta.

La gran contradicción de esta guerra es que Putin la justificó, entre otras razones, como una necesidad para garantizar la seguridad de Rusia frente a Occidente. Más de cuatro años después, el país enfrenta una frontera occidental más militarizada, una OTAN ampliada con Finlandia y Suecia, una economía condicionada por el esfuerzo bélico y ataques que alcanzan instalaciones estratégicas dentro de su territorio. Rusia sigue siendo una potencia militar formidable, pero su capacidad de intimidación ha demostrado ser mucho mayor que su capacidad para imponer un desenlace político favorable.

Putin quiso demostrar que Rusia podía decidir el destino de sus vecinos por la fuerza. En cambio, ha demostrado que incluso una potencia nuclear puede equivocarse gravemente al calcular la resistencia de un país más pequeño y los costos de una aventura imperial. Ucrania ha pagado un precio terrible por esa equivocación, y nada garantiza que el desenlace sea justo ni favorable para Kiev.

La pregunta, entonces, ya no es solamente cuánto territorio podrá conquistar Rusia, sino cuánto más estará dispuesta a sacrificar para sostener la ficción de una victoria inevitable. Porque una cosa es tener el poder suficiente para iniciar una guerra y otra muy distinta poseer la inteligencia política necesaria para terminarla.


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