Xi en Washington, ¿puro ornamento?

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Estado de México /
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La visita de Xi Jinping a Washington dejó una paradoja difícil de ignorar: pocas veces una reunión entre los líderes de las dos mayores potencias económicas del mundo había estado rodeada de tanta ceremonia para producir, al menos públicamente, resultados tan modestos.

Hubo acuerdos, desde luego. Washington y Beijing pusieron en marcha mecanismos de comercio e inversión acordados meses atrás, avanzaron hacia un tratamiento arancelario más favorable para unos 30 mil millones de dólares en productos de cada lado, establecieron un canal para incidentes relacionados con inteligencia artificial y extendieron por apenas dos meses la tregua comercial que debía expirar en noviembre. No es poco, pero tampoco parece proporcional al despliegue diplomático de una visita de Estado presentada por la Casa Blanca como histórica.

Los grandes problemas siguen prácticamente donde estaban. Taiwán continúa siendo una línea de fractura; las restricciones tecnológicas y la competencia por la inteligencia artificial permanecen abiertas; Washington sigue reclamando garantías sobre tierras raras y minerales críticos; y tampoco apareció el gran acuerdo comercial que Trump habría podido presentar como una victoria definitiva de su estrategia frente a Beijing. Incluso varios compromisos adquiridos durante la reunión de mayo siguen pendientes o avanzan lentamente.

Entonces, ¿para qué sirvió la visita?

Quizá la respuesta esté menos en los documentos firmados que en las fotografías. Xi volvió a la Casa Blanca después de más de una década, recibió todos los honores de una visita de Estado y fue tratado por Trump no como el dirigente de una potencia que Estados Unidos pretende contener, sino como su contraparte inevitable. Para Beijing, esa imagen tiene un valor enorme: China aparece ya no como aspirante a disputar el liderazgo estadounidense, sino como una potencia cuya igualdad práctica e indiscutible Washington parece obligado a reconocer. Incluso antes del encuentro, diversos analistas señalaban que uno de los principales objetivos chinos era precisamente ese: convertir la visita misma en el mensaje.

Pero la escenografía también resulta útil para Trump

La visita ocurrió a pocas semanas de unas elecciones intermedias particularmente incómodas para la Casa Blanca. Una encuesta de NPR/PBS News/Marist publicada días antes colocaba la aprobación presidencial en 39% y daba a los demócratas una ventaja de 53% contra 41% entre votantes registrados en la preferencia genérica para el Congreso. Reuters/Ipsos encontró incluso una aprobación de apenas 32%. Son fotografías nacionales, no pronósticos de quién controlará cada cámara, pero describen un presidente considerablemente más desgastado que el que comenzó su segundo mandato.

En ese contexto, recibir a Xi con cena de Estado, revista militar, sobrevuelos y toda la liturgia del poder estadounidense permite construir una narrativa que Trump conoce perfectamente: la del presidente que consigue sentar frente a él a los hombres más poderosos del planeta y negociar personalmente con ellos. La propia comunicación de la Casa Blanca insistió en presentar la visita como demostración de fuerza, liderazgo y éxito estadounidense.

El problema es que la diplomacia no debería medirse por la magnificencia del comedor ni por la cantidad de banderas colocadas frente a las cámaras. Si detrás de la fotografía quedan aplazados los desacuerdos fundamentales, una cumbre puede terminar funcionando más como espectáculo político que como acontecimiento diplomático.

Y quizá ése sea el aspecto más revelador de la visita. Trump necesitaba demostrar que todavía puede dominar el escenario internacional; Xi necesitaba demostrar que China ya comparte ese escenario en condiciones de igualdad. Durante tres días, ambos obtuvieron exactamente la fotografía que buscaban.

Lo que todavía no está claro es qué obtuvo el resto del mundo, y sobre todo, qué obtuvo Estados Unidos más allá de los intereses de su presidente.


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