Cuento – Vientre jamás divino (1)

Laguna /

—Hija, te salió el Diablo. Después, el ahorcado. Al final, el tres de copas. —

Doña Serna me acababa de leer las cartas. Le pregunté por Herberto y si sabría de él. Me dejó peor, las cartas no me respondieron. Me dijo después que el niño traería problemas y que él era el pago por el trabajo. En ese momento no sabía de que hablaba. La loca me dijo que a veces las cartas preguntan por nosotros. Me dejó peor, ¿cómo que el diablo? ¿cómo que significa cambio? Cambio, madres. No he visto a mi marido en 7 meses, yo no quiero cambios. El muy listo me dejó sola con el niño.

Herberto había estado lamiéndole las botas a Madero desde que lo conoció. El presidente le prometía darle un puesto en el ejército, pero nunca llegaba. “Flaca, para mí que ya mejor vendo mi alma, porque si no, nos quedaremos sin nada”, me dijo Herberto de la nada. Le copiaba lo espiritista a Madero y pues intenté seguirle la corriente yendo a las cartas. Me recomendó a Doña Serna, pues, aunque estaba loca, siempre le atinaba.

Algo de razón ha de tener, pues un día cualquiera, Madero le dio un trabajo. Ya andan en la revolución y yo pudriéndome rodeada de puro fraile y vecinos hipócritas. La colonia siempre está oscura, la ceniza cae de tanto cañonazo diario, y bueno, ni en la Iglesia una está tranquila; los dominicos parecen ser dueños del convento.

Herberto acostumbraba a llevarme ahí, al Convento de San Jacinto; ahí nos casamos. Un domingo que fui sola, me senté a rezar. Delante del altar le pedí a la Virgen que me diera una familia, y bien, me la dio. Ahora, venme aquí, sin marido. A ver si esa loca no se equivoca, espero en Dios que no.

II

Soñé con esa carta, con ese hombre cuernudo y lleno de fuego, el Arcano XV. En el sueño sentía sus garras rasgando mi vestido. Me ponía a correr y me perseguía sin quitarme esos ojos rojos de encima. Recuerdo que llegaba a la cocina y Herberto tenía sus brazos abiertos, así que corrí a abrazarlo. Un segundo después sentía húmedo. Volteé a ver a Herberto y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Su estómago sangraba y me desperté del miedo. Dios, ¿por qué me haces esto?

Tan solo de recordarlo me dan ganas de llorar. Me estoy volviendo loca; hasta pareciera que el niño se riera de mí. No he dejado de sentir que el sueño fuera real, siento que Herberto ya no está conmigo, que tendré que ir con Doña Serna para hablar con él, aunque sea en la bola de cristal. Cristo, ayúdame. María, ruega por nosotros. María, madre, no me dejes, no me dejes. Quisiera que me arrancaran al niño del vientre, que me deje sola, que no nazca, ya no lo quiero, ya no, ya no, ya no.

El tormento la duerme a una. Me despertó alguien tocando la pared. No alcancé a abrir, solo entró una carta por debajo de la puerta.

Dios mío. Herberto está muerto. Dicen que murió desangrado, que me lo dejaron ciego. Pobre de mi marido, estaba solo. Pobre de mí, que ya estoy sola. Pobre de mi niño, que es huérfano sin haber nacido.


  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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