Fide et ratio

Laguna /

La depresión consume la vida cuando no se cree en alguien o, al menos, en algo. No es una afirmación sentimental, es un diagnóstico. 

El suicidio se ha convertido en uno de los mayores riesgos de la sociedad contemporánea y sin embargo seguimos discutiéndolo como fenómeno clínico aislado, ajeno a la pregunta que siempre lo ha antecedido: ¿cuál es el fin último de nuestra vida?

Camus escribió que el único problema serio de la filosofía es el suicidio. 

De esa pregunta se desprenden tres caminos posibles: tomarse la vida, dar el salto hacia una fe que trascienda la razón, o abrazar el absurdo y vivir de todas formas. 

Hoy interesa el segundo, no para defenderlo, sino para interrogarlo.

La respuesta más extendida a lo largo de la historia —y que con distintos matices,

disfraces e interpretaciones persiste hasta hoy— es Dios. Creemos porque no podemos entender, y precisamente porque no podemos entender, necesitamos hacerlo. 

La fe se presenta como la solución elegante; la razón se detiene, la fe avanza. 

El salto que Camus describía con escepticismo es el mismo que millones de personas dan cada domingo. Hay algo honesto en esa postura: reconocer los límites de la razón no es cobardía intelectual, en cierto modo, es lucidez. 

 El problema no es esa humildad —Aquino lo sabía—, sino lo que ocurre cuando la fe se convierte en palabra mágica que cierra la pregunta antes de que pueda abrirse.

"Ten fe" se dice hoy tanto como "no te preocupes". Hay buena intención, pero sin contenido. 

Cuando la fe deja de ser una postura existencial trabajada y se convierte en consigna, pierde lo que la hacía valiosa. 

A los creyentes no los pierde la ciencia ni el ateísmo militante; los pierde el vacío de sus propias palabras. 

Una fe que no puede explicarse a sí misma es indistinguible del silencio, y su respuesta ante la pregunta por el sentido de la vida es otra forma de no responder.

Cuando esa respuesta falla la pregunta no desaparece, se queda sin interlocutor. 

Eso es la vida sin sentido, no la ausencia de Dios, sino la ausencia de respuesta. 

Ahí es donde la depresión encuentra su terreno y el primer camino de Camus deja de ser una abstracción filosófica. Conviene entonces tomar los tres en serio, sin eufemismos. 

El primero es el suicidio: la negación radical de la pregunta. El segundo es la fe: la respuesta que exige el salto y suspende la razón. 

El tercero es construir el propio sentido, sabiendo que no hay garantías ni fundamento último, que la existencia precede a la esencia y que eso, lejos de ser una tragedia, puede ser la condición de una libertad genuina.

Cada uno elegirá. Estimado lector, eso sí, lo que no es admisible es no elegir, derivar, dejar que la vida transcurra como si la pregunta no existiera. 

Eso no es neutralidad: es también una elección, probablemente la peor. La vida no responde ante magia, solo ante la razón.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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