La comodidad nos dicta que ya somos algo. Que nacemos con una naturaleza, un destino, una esencia grabada antes de que abrir los ojos.
La tradición filosófica, y con ella buena parte del sentido común, ha operado bajo ese supuesto por siglos: primero viene la definición, luego viene el hombre.
Dios piensa al ser humano antes de crearlo, igual que el artesano concibe la silla antes de tallar la madera.
La existencia sería, entonces, el mero cumplimiento de un molde previo. Sartre llama a ese consuelo por su nombre: mala fe.
El existencialismo sartreano tiene una tesis central tan sencilla en su formulación como perturbadora en sus consecuencias: "la existencia precede a la esencia."
Antes de ser cualquier cosa (ciudadano, cobarde, héroe, amante), el hombre simplemente existe. No hay naturaleza humana que nos anteceda, no hay Dios que haya trazado el plano.
Somos, primero, y luego nos hacemos.
Sartre, en El existencialismo es un humanismo: "el hombre no es otra cosa que lo que él se hace." Nótese la crudeza del verbo cuando añade que estamos condenados a ser libres.
No bendecidos con la libertad, no dotados de ella… condenados.
La libertad no es un privilegio que se recibe con gratitud; es una carga que no se puede deponer. No podemos no elegir. Incluso la renuncia a elegir es, en sí misma, una elección.
De esto tomamos una consecuencia lógica: no hay esencia previa que nos determine, entonces no hay nada que culpar. No hay naturaleza humana que explique la crueldad. No hay destino que justifique la pasividad.
No hay Dios que absuelva. Somos radicalmente responsables de lo que hacemos, sí, pero también de lo que toleramos, de lo que normalizamos.
La mala fe consiste exactamente en eso: en pretender que somos una cosa fija, en huir de la libertad refugiándonos en roles, en identidades dadas, en la excusa de "así soy yo."
El funcionario que obedece porque "son las reglas", el hombre que traiciona sus convicciones porque "así funciona el mundo". Todos están fingiendo ser una esencia en lugar de reconocerse como existencia.
Lo que sigue no es nihilismo sino algo más exigente, el compromiso.
Si no hay esencia que nos justifique de antemano, cada acto define lo que somos. Vivimos en una época que ha perfeccionado los mecanismos de evasión.
El algoritmo que decide por nosotros, la narrativa identitaria que nos dice quiénes somos, el cinismo que presenta la inacción como lucidez. Todos son formas sofisticadas de mala fe. Sartre no nos da consuelo.
Nos da algo más difícil: responsabilidad. No estamos aquí para cumplir un molde. Estamos aquí —arrojados, contingentes, sin manual de instrucciones— y tenemos que hacernos.
Eso es angustiante. También es, en el sentido más estricto, lo único que podemos llamar libertad. El pecado, al final del día, es libertad.