Papá, quiero ser escritor

Laguna /

Saltaron platos, vasos y manteles. La cara de un adolescente torpe quedó suspendida entre el orgullo y el miedo. 

No había calculado lo abismal que era decir: “Papá, quiero ser escritor.”

Hay frases que en una mesa familiar suenan a promesa —“quiero ser doctor”, “quiero ser abogado”— y otras que suenan a advertencia. 

Ser escritor pertenece a la segunda. Nadie brinda por la incertidumbre. No me permití verme al espejo; el reflejo ya n0 me pertenecía, sino al prejuicio. 

Aquella vez no desaté aplausos, solo diagnósticos. Me miraron como si hubiera elegido el infierno y su perdición con plena conciencia. 

Quizá pensaron que estaba firmando mi propia condena al fracaso. Años después, aún no sé si tenían razón.

La pregunta persiste: ¿desde cuándo la dignidad depende del salario? ¿En qué momento decidimos que la pasión debía justificarse ante el prestigio social? ¿Cuándo la literatura se volvió un “sueño adolescente”? 

Hemos aprendido a venerar al que abre consultorios y al que redacta contratos, pero miramos con sospecha a quien escribe. 

Se privilegia lo que conserva el cuerpo y lo que protege el patrimonio; se minimiza lo que preserva la memoria y el alma.

Oscar Wilde escribió en el prólogo de El retrato de Dorian Gray que “todo arte es completamente inútil”. No era arrogancia, era independencia. 

Lo inútil no sirve a nadie, y por eso no se arrodilla. El arte no compite con el mercado: lo ignora. La inutilidad del arte es su dignidad.

Leer Moby-Dick a los quince o a los cincuenta no cambia el mundo; cambia a quien lee. Y eso, en tiempos obsesionados con la productividad, parece insuficiente. 

Queremos resultados visibles, cifras, diplomas colgados en la pared, no revoluciones silenciosas. Aborrezco la mirada despectiva hacia el escritor contemporáneo. 

Los libros —objetos sagrados, como los llamó Carlos Monsiváis— acumulan polvo mientras acumulamos opiniones. 

En una sociedad como la nuestra, recurrir a la santidad del libro no es nostalgia, es resistencia.

Ignorar al que describe su tiempo no lo hace desaparecer; nos vuelve incapaces de comprenderlo. 

Las crisis existenciales, la pregunta por el sentido, incluso esa lucidez amarga que atraviesa Del inconveniente de haber nacido de Emil Cioran, no son caprichos intelectuales, son la evidencia de que vivir no basta.

Muchos profesionistas eligieron el aplauso antes que el oficio de la soledad. Es comprensible. La soledad no paga facturas ni otorga prestigio. Pero tampoco miente.

Solo crece quien persigue lo que lo quema por dentro. En mi caso, escribir no fue una elección estratégica; fue una obstinación. 

Los pájaros no cantan por necesidad ni por trabajo, cantan para embellecer la mañana común. 

La suya y la mía. La tinta no está para firmar contratos ni hacer recetas; está para plasmar en papel lo que nos hace humanos: el sentir y la eterna cárcel de la conciencia.

La crucifixión siempre es impuesta. Lo único que nos podemos hacer es decidir quién sostiene los clavos.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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