¿Qué estamos haciendo?

Laguna /

A los 17 o 18 años se nos pide que decidamos quiénes somos. No en esos términos, sino en el sentido de que se nos pide que elijamos una carrera. 

Pero esta, en el imaginario de quienes nos rodean, es lo que somos. De ahí la urgencia. 

De ahí el pánico. El problema no es la juventud, como es creencia común hoy en día. Es la pregunta, que está mal planteada.

El psicoanalista mexicano José Cueli definió la vocación como un llamado. La RAE también, pero… la palabra importa. Un llamado no se delibera, se escucha o no se escucha. 

Nadie convoca una junta para decidir si se atiende el teléfono a las tres de la mañana; uno lo hace porque algo en él ya respondió antes de pensarlo. 

La vocación opera así. Viene de una región que precede a la decisión racional, que la desborda, que a veces la contradice. 

Entonces, le estamos pidiendo al adolescente algo imposible: que use la razón para resolver lo que la razón no produce: que elija su llamado, que delibere su deseo.

Y sin embargo lo hacemos. Lo hacemos porque la modernidad cometió una sustitución silenciosa: tomó la pregunta más antigua —¿quién eres?— y la respondió con un dato de mercado. 

Tu esencia es tu título. Tu identidad es tu ingreso. 

Lo que eres se mide por lo que produces. Tu universidad, la madre de tu alma. 

En ese esquema, el llamado de Cueli resulta incómodo: sugiere que hay algo en nosotros que no obedece al mercado, que insiste por su cuenta, que vuelve aunque lo ignoremos.

Comprendamos, entonces, que el problema más grave no es que elijamos mal a los

18 años. Es que creemos que estamos eligiendo. Si la vocación es un llamado —si viene de ese lugar oscuro donde habita el deseo antes de volverse lenguaje— entonces no es una decisión que tomamos, sino una que ya fue tomada por nosotros, y que pasamos la vida entera tratando de descifrar. 

A veces la profesión coincide con ese llamado. Muchas otras no. 

Y en ese desajuste vive una forma de malestar que no tiene nombre en el currículum.

La pregunta no es qué carrera elegir. La pregunta es si alguna vez nos detuvimos a escuchar qué nos llama, y desde dónde, y a qué costo hemos aprendido a no oírlo. Tenemos

que lograr que la profesión sea un lugar donde disfrutamos el lento pasar de la vida, que mucha falta hace.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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