Sombra mundialista

Laguna /

No conozco con certeza todo lo que está sucediendo en la ciudad de México, pero lo que sí puedo observar es que hay prisa. 

Y aquello que se persigue, quizás sin habérselo propuesto del todo, es una imagen: la percepción inmejorable que tendrá de nosotros el ojo extranjero. 

Seamos honestos, el Mundial no es para los mexicanos. 

Es ingenuo pensar que la mayoría encontrará un boleto para el partido inaugural, o para cualquier otro, si consideramos que vivimos de un salario mínimo que nadie en el poder parece querer nombrar.

El apresuramiento por terminar las renovaciones —sobre todo en la capital, pues los gobiernos de otros estados han optado por mantenerse al margen— nos deja ante una pregunta incómoda: ¿por qué ahora? 

¿Por qué esta urgencia por renovarnos justo antes del evento que nos pondrá bajo los ojos del mundo? 

La respuesta es más simple de lo que parece: es política. 

Quienes encabezan estos cambios tan radicales y acelerados no están motivados por mejorar la vida cotidiana de los ciudadanos. 

Están motivados por lo que esa transformación comunica hacia afuera.

Frente a una presión tan mal fundamentada, las consecuencias no tardarán: calles

cerradas, embotellamientos, escasez de recursos para servicios esenciales —agua, luz, infraestructura básica—. 

Todo lo cual confirma la pregunta de fondo: ¿para quién se renueva la capital? 

La respuesta, a estas alturas, es evidente. 

Y por eso vale cuestionar a quienes están en el poder —y a quienes están detrás de él—: ¿qué están pensando? ¿Por qué construir solo para los demás, para los que vendrán y se irán? Porque en el fondo, lo

que mueve este cambio no es la necesidad real, sino la percepción.

Y aquí está la analogía que duele, porque nos incluye a todos: hacemos exactamente lo mismo. 

Nos apresuramos a ser vistos en redes sociales, cambiamos de cuerpo, de look, de discurso antes de cada temporada, acumulamos señales de una vida

que queremos proyectar. Lo que exigen estas gobernantes a escala urbana —un cambio estético que cubra problemas estructurales— es lo mismo que nos exige, a escala individual, la lógica de las plataformas. 

Por eso Zygmunt Bauman tenía razón: hemos terminado en una sociedad líquida, donde nada necesita resistir el tiempo, profundizarse ni justificarse. 

Solo necesita verse bien, ya, ahora.

Entonces, ante este cambio impuesto —el que los políticos exhiben para hacerse de la vista gorda ante los problemas que de verdad agobian al país—, lo único que nos queda es hacernos oír. 

No permitir que un mes de partidos tape lo que pasa aquí adentro. Un Mundial no amerita una vida de dificultades. 

Y hay que recordar que, aquel que anota, es el primero en correr

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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