Tradiciones y prohibiciones

Laguna /

A raíz de la corneada de Morante de la Puebla el debate volvió a lo de siempre: no solo si la tauromaquia debe existir, sino también quién decide qué cuenta como cultura. 

Claro, lo que hoy se está haciendo no es solo criticar una tradición, sino seleccionar cuáles merecen sobrevivir y cuáles deben desaparecer.

La tauromaquia incomoda. Justo por eso se vuelve blanco fácil de una sensibilidad contemporánea que confunde incomodidad con invalidez. 

Pero una tradición no deja de ser cultura porque moleste. A este criterio podemos agradecerle el cinismo que invade la sociedad actual. 

La cultura no es un catálogo de prácticas agradables; es también el registro de nuestras tensiones, contradicciones y de todo aquello que no encaja del todo con la moral del momento.

La decisión —sobre qué se conserva y qué se elimina— la está tomando un sector que no reconoce la complejidad de la tradición que pretende juzgar. 

La tauromaquia no es un espectáculo aislado, es una estructura entera. 

Detrás de la fiesta brava hay formación rigurosa del torero, crianza especializada del toro de lidia y una relación construida durante siglos. Incluso desde lo fisiológico, el debate es más complejo de lo que se presenta. 

Por ejemplo, un estudio realizado por Illera del Portal, Gil, & Silván Granado en 2007,

demostró que el toro responde al estrés y al dolor de formas no intuitivas, con liberación de betaendorfinas durante la lidia que elevan su umbral de dolor. 

 La propuesta de “corridas sin sangre”, lejos de resolver el problema, puede ignorar la realidad.

A eso se suma lo que suele omitirse: el impacto material. 

La tauromaquia sostiene una cadena económica amplia —ganaderías, veterinarios, producción agrícola, manufactura, servicios— y genera decenas de miles de empleos directos e indirectos. No es un símbolo vacío, es una estructura viva. 

Desmantelarla no es una postura moral abstracta, sino una decisión con consecuencias concretas.

Reducir el debate a lo económico sería quedarse corto. No es posible ignorar la cultura. Desde el siglo XVI, las corridas forman parte de la historia mexicana. 

Negarlas por incómodas o “anticuadas” es ignorar que nuestra identidad misma es mezcla. Como sugiere Carlos Fuentes, somos una superposición de capas, no una versión depurada de nosotros mismos. 

La discusión actual no es solo sobre toros, es sobre el criterio con el que una sociedad decide qué parte de sí misma está dispuesta a conservar. 

Cuando ese criterio se reduce a la comodidad moral de un grupo que no reconoce la tradición que juzga, el

riesgo no es solo la desaparición de una práctica, sino el empobrecimiento de la cultura misma. 

Una cultura que elimina lo incómodo termina por no decir nada.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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