Trump, presidente de los Estados Unidos, al terminar la reciente Semana Santa, entre tantos desaciertos que dice, ahora dijo que se proponía aniquilar la civilización musulmana, aunque tuviera muchos años de vida, y que le costaría muy poco tiempo.
La gente común, aunque muchos se asustaron, otros no sabían qué querría decir, otros muchos pensaron que el fin que no era cierto. Pero Trump es Trump, padre de los desaciertos y las descoordinaciones mentales.
Allá por 1996, un paisano de Trump, por nombre Samuel P. Huntington, escribió un libro llamado “El Choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”.
Pero Trump leyó mal, o no se acuerda y ahora hace una afirmación propia de un tirano: aniquilar una civilización.
Pero en contra tiene que, en su propio país, los derrotados apaches, no han sido aniquilados en su civilización, lo mismo que los Mayas en México, los Totonacas, etc.; en Sudamérica los Incas, o los Mapuches en Argentina, etc.
Cuando se presenta la aporreada en los pueblos surgen las defensas culturales que se enfrentan a las potencias militares que son más fuertes que sus armas.
Y está el elemento de fe como en la narración bíblica cuando los lejanos egipcios persiguiendo a los judíos, aparece Dios trabando las ruedas de los carros guerreros, en el hecho del Mar Rojo, que fue salvación para los israelitas y sepultura para los egipcios.
Hemos terminado una Semana Santa más, con balances favorables a las prácticas religiosas, como fueron los actos de religiosidad popular con abundante participación superior a otros años.
Se dice que la gente tiene miedo por las guerras internacionales; que los dirigentes que están al frente de los pueblos, no todos se apoyan y cada quien dice lo que le pega la gana; que la ONU es ineficaz para poner paz en las naciones, objeto para lo que fue creada; el Papa León XIV habla todos los días sobre la paz, que le escucha el pueblo sencillo y los magnates del mundo se hacen sordos a sus llamados, mientras las grandes cadenas de comunicación, publican sus mensaje con cierta distracción.
Y todo este desbarajuste por el deseo de dominar y el ansia de tener más petróleo. Petróleo para el poder.
Aranceles como misiles formidables para anular la desregulación que había impuesto la globalización, para que las empresas trasnacionales ganen de a feo, sobre todo las norteamericanas.