Salvador Pániker es, me parece, uno de los pensadores, en nuestra lengua, más interesantes de los últimos tiempos. Nació en Barcelona, era hijo de un empresario indio y de una señora catalana, católica y del Opus Dei. Esta mezcla, estas dos fuentes que tironeaban continuamente su pensamiento, hicieron de su filosofía una rareza. Sus ideas tenían siempre una profunda excentricidad, proponían una manera distinta de mirar y de entender la vida, iban a contrapelo del áspero realismo católico que impregna todos los rincones de España.
No hay que confundir a Salvador Pániker con su hermano Raimundo, que es más conocido en México porque alguna vez apareció en la televisión conversando con Octavio Paz. Raimundo era un sacerdote que escribía ensayos teológicos, cruzados con filosofías de La India y del oriente en general, y que gozaba de la autoridad, y la fama, que da el ser cura en España. En el país del dogma se acepta mejor lo que decía el cura, que lo que escribió el hermano, que había desterrado el catecismo de su pensamiento.
Salvador Pániker murió el año pasado y su obra es una joya que en Latinoamérica casi nadie conoce (como también le pasa en España), lo cual es una pena porque en un país como México podría cosechar muchos lectores, su obra híbrida se lee mejor desde aquí porque México, igual que Pániker, es híbrido, está partido entre el catolicismo y el sistema prehispánico de creencias, no es monolíticamente católico como España y en la interacción entre sus dos naturalezas se abre un generoso espacio para que coexistan otras formas de entender la realidad.
Harían falta muchas páginas para abordar la filosofía de Pániker como lo merece, lo que me queda aquí es la pincelada, y la ilusión de sumarle algún lector.
“Me resisto a quedarme sin dioses y sin mitos”, escribió en uno de los volúmenes de sus Diarios (son siete y cinco de ellos están editados recientemente por Random House), esa obra excepcional, no solo por su brillante hibridez, también por su desenfadada inteligencia, que es una invitación a entender la realidad de manera oblicua. Precisamente para no quedarse sin dioses y sin mitos Pániker inventó la retroprogresión: “el movimiento de parcelación y alejamiento del origen que, paradójicamente, retroalimenta un impulso de recuperar el origen perdido”, escribió en su ensayo Aproximación al origen (1982); y luego redondeó su idea en otro ensayo, Asimetrías (2008): “Todo gran autor es retroprogresivo –concilia la innovación con la tradición-”.
La semana pasada escribía, en esta misma columna, sobre el dejar de pensar o, según la terminología del brujo yaqui Juan Matus, el “parar el diálogo interno”, suspender esa palabrería que nos decimos permanentemente y que nos ocupa siempre la cabeza, y nos impide producir ideas insólitas. Juan de la Cruz llamaba a esto: “vaciar la memoria”; y otro practicante de ese vacío, Angelus Silesius, escribió: “en el momento en que detienes el pensamiento también se detiene el tiempo”.
En cuanto se detiene el tiempo quedamos mágicamente instalados en el presente, desligados de la anticipación y de la memoria, en un momento propicio para producir pensamientos distintos, que quizá no sean producidos por nosotros sino que nos caen de otro lugar: ya estaban ahí y caen en cuanto se abre el vacío. Algo así como la idea junguiana de que los sueños no nos pertenecen, son algo que nos sucede, derivan, caen como un fruto de la realidad psíquica.
“El acceso al presente es, pues, un acto místico”, dice Pániker y luego nos recuerda que “la palabra misticismo proviene del griego mýein, que significa guardar silencio”. En esta misma línea Alan Watts, uno de los gurúes de Pániker, recomendaba dejar de pensar cuando menos una vez al día.
Del sistema de creencias que se despliega en los siete volúmenes de sus Diarios, Salvador Pániker identifica el vector principal de su filosofía rica y tumultuosa: “la ciencia nos hace agnósticos y la mística nos abre a lo que no tiene nombre”; y de aquí sale lo que él consideraba que era: un agnóstico místico.
No se pierdan a Salvador Pániker, su profunda hibridez en estas tierras lo convierte en un hijo, honorario, de Quetzalcóatl. Y ahora regreso al cabo suelto, a la realidad psíquica de Jung que, grosso modo, es esa otra realidad que está también en este mundo; viene al caso anotar aquí un fragmento del relato de la conversación que tiene Jung con Filemón, un anciano que aparecía en sus sueños, o en formato onírico cuando estaba despierto. Filemón habla y Jung nos cuenta: “dijo que yo trataba los pensamientos como si los hubiera generado por mí mismo, pero, según su parecer, los pensamientos eran como animales del bosque”.
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