En el siglo XXI, donde todo es veloz, instantáneo y movedizo, el diamante, símbolo de lo inmutable y lo eterno, ha caído en desgracia, y su estrepitosa caída es la metáfora de una serie de costumbres y valores que creíamos inmutables y eternos como, por ejemplo, la sabiduría.
En tres años los diamantes han perdido la mitad de su valor en el mercado, a causa de la irrupción de los diamantes sintéticos, que son hasta 40 veces más baratos y prácticamente idénticos: tienen la misma estructura atómica, la misma dureza y el mismo brillo.
Si la copia es perfecta, excepto por la ausencia de estigmas geológicos que sólo capta un escáner muy sofisticado, ¿cuál es el valor del diamante natural? Su valor ya no está ni en sus átomos de carbono, ni en su pureza, ni en su aristocrático fulgor, que también tienen los diamantes sintéticos; lo último que les queda a los diamantes naturales es el relato cultural de su escasez, y el esfuerzo que requiere su extracción, que incluye la sangre de los trabajadores, una nota moral que se añade al creciente prestigio de los diamantes sintéticos. Hoy la escasez y el esfuerzo interesan sólo al gourmet.
Los diamantes sintéticos son un producto típico de este milenio, no son propiamente falsos, son hiperreales, diría Baudrillard: brillan igual, no tienen defectos y, sobre todo, se producen de manera masiva y a toda velocidad, su fabricación ya no tarda tres mil millones de años que es el tiempo, inconveniente y gravoso, que necesita un diamante natural para cristalizar.
De la misma forma en la que los diamantes sintéticos inundan el mercado y hacen que el valor del diamante natural se desplome, la sobreproducción de verdades sintéticas (noticias falsas, videos manipulados, información sesgada) ha devaluado el valor de los hechos y de la realidad en general.
Visto con la perspectiva que nos ofrece el diamante, hoy importa más la información instantánea, que pesca cualquiera de la pantalla, que la sabiduría, arduamente cultivada durante décadas, de aquella figura, ya casi mitológica, que llamábamos el sabio de la tribu.