En Japón, al norte de Kioto, está el jardín de Ryoan-Ji. Es un karesansui, un jardín seco que no tiene césped, ni plantas ni flores. Es una superficie cubierta de piedrecitas blancas que un monje ordena parsimoniosamente, con un rastrillo de bambú, formando líneas rectas, ondas, patrones circulares alrededor de quince rocas negras, de diversas formas y tamaños, que completan el conjunto.
El jardín es un cuadrángulo de treinta metros de largo por diez de ancho, que desde el siglo XVI es intervenido por un monje que considera ese trabajo como una meditación en movimiento.
Mientras rastrilla cuidadosamente la superficie de su jardín, este monje japonés se abstrae del mundo; realiza un esfuerzo de concentración dirigido a borrar la realidad de afuera e instalarse en la suya, que él mismo implementa. Su trabajo en el jardín es un acto de resistencia, se sitúa en el sosiego del tiempo presente mientras, del otro lado del muro, la realidad se desborda sin control por las pantallas, y sus habitantes corren a toda velocidad, nadie sabe muy bien hacia dónde. Pero él sí sabe perfectamente en donde está.
Lo que hace este monje japonés es un acto de resistencia, como digo, pero también una suerte de hechizo: consigue que el tiempo vertical (el ahora) se imponga al tiempo horizontal (el pasado y el futuro).
Bien visto, su quehacer es extrapolable a cualquier actividad que exija ese grado de concentración, que nos instale en el tiempo vertical, lejos del rumiar lo que ya pasó y del anticipar lo que podría venir.
Otro monje, Thich Nhat Hanh, propone una alternativa, aunque más prosaica, al rastrillado del jardín, “hay que lavar los platos sólo para lavar los platos”. Ejecutar una acción que, en sí misma, sea el fin, que en este caso sería habitar el tiempo vertical.
El jardín, como el fregadero lleno de platos, es la parcela de la realidad que el monje puede controlar, el resto le importa poco, no depende de él, trabaja parapetado en ese vector zen que señala nuestra naturaleza evanescente. Por eso se aferra a ese ritual que, mientras dura, le regala una modesta eternidad.