En Hakone, un pueblo cerca de Tokio, el único negocio que cierra más allá de las nueve de la noche, es un bar que gestionan tres geishas. No había ni un alma pero, por si acaso, entré y reservé una mesa, a señas porque las geishas, faltaría más, hablaban sólo japonés. Pagué el cover, obligatorio, del espectáculo que tendría lugar ahí mismo, en un pulcro tablado. Avisé a la familia de mi hallazgo y a las 21:30 horas en punto nos plantamos en el bar. Seguía sin haber ni un alma. Una geisha se acercó con el menú, escrito en un japonés macizo. Lo hizo con esos pasitos sonoros y muy cortos que imponen las getas (sandalias de madera). El diálogo se hizo con la ayuda del traductor de Google: preguntábamos a la geisha hablándole al teléfono y ella nos respondía hablándole al suyo. Noté que las otras dos geishas le estaban dando sabrosamente al vino, en unas copas que ocultaban debajo del mostrador. Noté también que la que transmitió nuestra orden al cocinero, rellenó su copa y la vació de un trago, antes de ponerse a maniobrar con los vasos y los cubiertos. La atmósfera musical era una sucesión de piezas típicas para shamisen (laúd de tres cuerdas). Comenté, porque lo había leído, que quedan menos de mil geishas en Japón, lo cual hacía de esa experiencia un privilegio. Los primeros platos llegaron rápidamente, pero a nadie le tocó lo que había pedido. Lo mismo pasó con los segundos. Lo de los teléfonos era tan engorroso que preferimos pasar por alto la confusión, que podía deberse a las limitaciones del traductor o a las efusiones del vino que no paraban de beber. Llegaron los postres, que ni habíamos pedido, y la cuenta. ¿Y el espectáculo?, preguntamos desconcertados. La geisha nos miró desde una desasosegante lejanía, y desde ahí también miró a sus compañeras. Una de ellas se ajustó el kimono, cogió su shamisen, se calzó las getas, vació su copa de vino y subió al tablado. Hizo unos cuantos aspavientos, pulsó brevemente su instrumento, hizo una sentida caravana que casi termina en el suelo y se despidió arropada por nuestros aplausos, y los de nadie más porque seguía sin haber ni un alma.
Las geishas
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Jordi Soler
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