Las pantallas, donde todo cambia a gran velocidad, marcan el ritmo al que se mueve nuestra vida, que sigue siendo la del medroso animalillo analógico, que hoy se descubre azotado por el vendaval de la tecnología. Si todo va tan rápido, casi nada tiene un suelo firme donde sostenerse. Tanta velocidad nos diluye y, ante semejante vértigo, ¿qué queda de nosotros?
Rainer Maria Rilke, que era poeta reconvertido en vidente, vio venir esa velocidad diluyente y escribió un hermoso vademécum (Los sonetos a Orfeo, 1923) para nosotros, sus lectores¡ del futuro.
“Todo lo que corre habrá pasado ya, pues sólo lo que queda nos consagra”, escribe en el Soneto XXII de la primera parte. E inmediatamente después lanza esta admonición: “No echéis el valor a la velocidad, ni al intento de vuelo”. Aquello que resiste ese permanente fluir a toda velocidad posee, normalmente, una sustancia real, que es lo que queda de nosotros y lo que justifica nuestra existencia. La velocidad, igual que el viento, quiere llevarnos.
Rilke escribió estos sonetos, en tres semanas de extrema videncia, para plantarse frente a la aceleración de la era industrial, y eligió como guía a Orfeo, el héroe mitológico, el músico y el profeta que iba del mundo de los vivos al de los muertos y por esto tenía una perspectiva muy completa de nuestra especie.
Rilke advierte que “sólo lo que queda nos consagra”, es decir, que lo sagrado es aquello que debemos preservar de la fuerza diluyente de la velocidad. Lo sagrado entendido como lo que tiene, para nosotros, esa serie de elementos que nos definen y sin los cuales nos desvaneceríamos. Esto es precisamente lo diabólico de la velocidad con la que hoy se nos obliga a vivir: si no nos detenemos, para ser nosotros mismos, la velocidad y “el intento de vuelo” nos dejan vacíos.
“Sólo lo que queda nos consagra”, dice Rilke, y con este verso nos invita a declarar zona sagrada a esas áreas de nuestro ser que, de ninguna manera, pueden ser vaciadas por la velocidad.
La velocidad sólo vacía al que se deja, y lo que queda, lo que consagra, es lo que seamos capaces de conservar.