Hurgando en la misteriosa etimología de la palabra chilango, me encontré con el poema “Grandeza mexicana”, que escribió en 1604 Bernardo de Balbuena, que además de poeta era cura, o viceversa. Balbuena era español, de Valdepeñas, y vivió y desempeñó sus oficios, el de cura y el de poeta, en Ciudad de México, y luego, como consecuencia de un ascenso laboral, solo en su faceta de cura, se fue de obispo a Puerto Rico.
Como poeta Balbuena ha envejecido mal; Octavio Paz opina, en su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe: “Es difícil soportar hoy, completo, uno de los poemas de Balbuena, pero estas grandes máquinas verbales contienen pasajes que siempre se leen con placer”.
Grandeza mexicana es un poema sobre la Ciudad de México en el siglo XVII, es un apasionado recuento de todas las cosas que Balbuena, maravillado y lleno de asombro, observó en la ciudad que, comparada con su natal Valdepeñas, era ya una impresionante metrópoli. “Si es la beldad parte del cielo, México puede ser cielo del mundo, pues cría la mayor que goza el suelo”. A Balbuena se le nota el entusiasmo por la atmósfera límpida de la ciudad, y no le tiembla la pluma cuando la califica como “centro de perfección”. ¿Centro de perfección?, ¿el DF? La lectura de este farragoso poema, que efectivamente es difícil de soportar, nos sitúa, de entrada, en el inenarrable ecocidio que ha acabado con nuestra ciudad; es más, merece la pena acercarse a este poema no solo por los pasajes que se leen con placer, como apuntaba Paz, también porque nos obliga a mirar, con vergüenza y mucha culpabilidad, ese ecocidio que, a estas alturas, ya tiene bastante de suicidio.
“Todo huele a verano, todo envía suave respiración, y está compuesto de ámbar nuevo que en sus flores cría”. El poema, y sus alabanzas a la ciudad, sigue durante nueve largos capítulos hasta completar ese libro extenso que hoy más que leer hay que picotear.
En la misma época en que Bernardo de Balbuena escribía sobre la parte luminosa de la ciudad, Fray Juan de Torquemada dejaba constancia por escrito de su parte oscura, en una imagen que Paz recoge en su mismo libro: “Durante una ceremonia que se celebraba en el Templo Mayor de México-Tenochtitlan, los devotos comían pedazos del cuerpo de Huitzilopochtli, que era un ídolo hecho de varias semillas y empapado en sangre”. Desde este deicidio resulta más fácil entender el ecocidio.
Pero estábamos en la misteriosa etimología de la palabra chilango, no de su significado, que queda claro incluso a la Real Academia, que es un poco alérgica a los “americanismos”: “Natural del Distrito Federal, en México”.
La etimología no es tan clara; la Wikipedia abre fuego desde la trinchera del náhuatl, nos dice que chilango viene de las palabras “chile” y “chango”, así, tal cual, sin establecer porcentajes ni explicar qué aspecto tendría semejante híbrido (supongo que, precisamente, el que tenemos los chilangos).
El Diccionario de mexicanismos, de Francisco Javier Santamaría, dice que chilango es una variante de “shilango”, que proviene de la palabra maya “xilaan”, que quiere decir pelo revuelto o encrespado, lo cual no se contrapone, e incluso se retroalimenta, con el chile-chango de la etimología anterior.
El mismo náhuatl ofrece otra opción: “chil-lan-co”, trío que significa “en donde están los colorados”, una solución francamente desconcertante que, según esto, proviene del enrojecimiento que experimentaban los aztecas en el rostro a causa del frío. No sé si el frío, no muy contundente, que hace en la región, alcance para enrojecer el rostro de un chile-chango con el cabello revuelto, pero el elemento “colorado”, sí que da para otro ramal de nuestra cada vez más arborescente etimología, según el cual chilango viene de huachinango, que es un pez rojo que consuena, cromáticamente hablando, con el territorio chil-lan-co.
Para abundar sobre la naturaleza colorada del chilango tenemos la “chilanga”, que en Veracruz era un atado de (otra vez) chiles, que se asociaba con la cadena de presos que llegaban, desde Ciudad de México, a la cárcel de San Juan de Ulúa.
Todas estas aproximaciones etimológicas dejan en claro que los chilangos vamos siempre despeinados y tenemos la cara, de chile-chango, permanentemente enrojecida. Es curioso que ningún etimólogo haya considerado que el rostro enrojecido del chilango no se debe al frío, que ni hace tanto, sino al calor salvaje y al sol atroz del mediodía.
José Emilio Pacheco ofrece otra etimología, que reafirma que somos colorados, pero dispara la fuente hacia el extremo sur, hacia la pampa Argentina: “Gaucho” es una deformación de la palabra aimara “guacho”: el pobre, el desvalido y por extensión el bastardo. De “guacho” se origina en el Perú “huachafo” y en México “huach”, “huacho”, “huachinango” y finalmente “chilango”. Hay que explorar la ‘historia de los ecos de un nombre’, la ingrata y vasta resonancia de una sola palabra: el guacho, el gaucho, el huacho, el poblador rabioso y desamparado del margen y las orillas”.
Quizá sea el momento de hacer la suma etimológica: los chilangos somos un rabioso chile-chango que vive desamparado en la periferia del planeta, llevamos el pelo alborotado y tenemos el rostro de un exultante rojo huachinango, que bien podría ser rojo gaucho. ¿Y si, de plano, nos inventamos otra etimología?