“Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una muchedumbre”. Esto lo escribe Charles Baudelaire (El Spleen de París, 1869), el poeta que inauguró la modernidad y que declaró, a mediados del siglo XIX, que la naturaleza había muerto, una sentencia que hoy le hubiera valido una estruendosa cancelación.
Baudelaire no iba a pasear al bosque, no le hacían gracia las bayas ni los frutos silvestres y el único río que le interesaba era el Sena, porque pasaba por París. Escribió, en una carta para un colega, que era incapaz de enternecerse “ante los vegetales y mi alma se rebela ante esa nueva religión”, la de los que creen que “el alma de los dioses habita en las plantas”.
Sentenció además, en su libro Mi corazón al desnudo (1897): “El vértigo que producen las grandes ciudades es análogo al que se siente en el seno de la naturaleza. Delicias del caos y de la inmensidad”.
La verdad es que vienen bien las herejías de Baudelaire en este siglo nuestro, tan candorosamente enamorado de la naturaleza, en el que lo mismo se practica el grounding, que se abraza el tronco de un árbol o se abjura de las botellas de plástico sólo porque lo hacen los demás.
Baudelaire ve a la ciudad como una selva y a las personas como presas depredadas por ese entorno salvaje, en el que la urbe y la jungla se asemejan.
El poeta se lanza por las calles como un vampiro que va alimentándose de las alegrías y las miserias de la gente para nutrir su inspiración. “Sabe estar solo en medio de una muchedumbre” porque la verdadera soledad, sugiere, es una disposición del espíritu, no la ausencia de personas y, al estar en medio del gentío, de decenas de extraños que ni te conocen ni te juzgan, eres más libre que nunca.
Y al contrario, nos advierte en El Spleen de París, si te aventuras entre la muchedumbre sin un mundo interior sólido, sin una sólida soledad, te vuelves presa de la corriente, víctima de eso que Nietzsche llamaba la “moral de rebaño”. Esa moral que, en un descuido, te lleva a caminar descalzo por la montaña y a satanizar la vida urbana, sin saber muy bien por qué.