“La única manera de dominar a la naturaleza es obedeciéndola”. Parece que esta sentencia de Francis Bacon nos invita a ser obedientes y sumisos frente a aquel elemento que nos desborda pero, en realidad, nos incita a dominar aquello que al principio se nos resiste: en lugar de luchar contra la naturaleza, o contra lo que sea que parece más poderoso que nosotros, hay que usar su propia fuerza a nuestro favor.
Aquí la sentencia del filósofo ya parece la de un sabio oriental y quizá, para ampliar su alcance, podríamos parafrasear: la única manera de dominar cualquier cosa es obedeciéndola”. Así nos libramos de la enormidad de “la naturaleza” y, de paso, adelgacemos los términos “dominar” y “obedecer” que, en el siglo XXI, muy lejos del XVII en el que vivió Bacon, parecen reclamos de la liturgia sadomasoquista.
Para dominar algo, nos dice el filósofo, es preciso, primero que nada, acercarse con humildad y observarlo con atención, para aprender su mecanismo y su espíritu, lo cual puede quedar encuadrado en la palabra “obedecer”. Este aprendizaje es la estrategia de infiltración que nos permite “dominar” aquellas cosas que antes nos parecían inexpugnables.
El acercamiento a la cosa con humildad, la observación y la reflexión antes de actuar; esta es la fórmula que nos envía el filósofo desde el siglo XVII y que, lejos de ser una obviedad, es un procedimiento revolucionario en este milenio nuestro en el que no se observa con atención, ni se reflexiona morosamente, porque son actividades que requieren tiempo, y hoy nadie tiene tiempo por estar consumiendo naderías a toda velocidad.
En la sentencia de Francis Bacon la obediencia se convierte en una herramienta capaz de alterar y reconfigurar, positivamente, la estructura personal de quien observa y reflexiona con calma y tranquilidad.
¿Y qué es eso que observa? Cualquier cosa, una situación, un fenómeno, un artilugio, un dispositivo, una encrucijada vital, un proyecto o el mismo futuro.
El filósofo inglés, en el fondo, nos dice lo mismo que Lao-Tsé: wu wei, actuar sin forzar: fluir dentro de la cosa para entenderla y dominarla.