Agua de azar

Agallas como trenzas

Jorge F. Hernández

La extraordinaria novela True Grit (que podría traducirse como Verdaderas agallas) del autor norteamericano Charles Portis es quizá mejor conocida por sus dos versiones cinematográficas; la primera fue protagonizada por John Wayne y tatuó la infancia de mi generación con las ganas —no necesariamente agallas— de batirnos en una cargada estilo medieval contra cualquier forajido que osara dudar de la puntería que pulíamos con un solo ojo, al llevar el otro con parche de pirata, tal como el entrañable personaje Rooster Cogburn interpretado por John Wayne; la segunda adaptación es la magnífica obra de los hermanos Coen con Jeff Bridges en el papel de Rooster y Matt Damon como Ranger de Texas. Ambos personajes de novela recorren el bronco paisaje del Viejo Oeste en busca del asesino Tom Chaney… y aquí (tanto en párrafo como en pantalla) se eleva el gran personaje de 14 años de edad, llamada Mattie Ross, un niña que se hace mujer en su necio afán por acompañar a ambos sheriffs con el deseo de búsqueda y captura del nefando Chaney, pues es además quien había asesinado a su propio padre.

Mattie Ross, 14 años entre la infancia y la adolescencia o la vida misma que se entrelazan en su pelo como las dos trenzas que le cuelgan sobre los hombros; empecinada a rebelarse contra la orfandad por azar, a revindicar la honra o biografía de su difunto padre con la necia determinación de capturar a su asesino y llevarlo ante un tribunal, como una suerte de Quijote con faldas, con dos alguaciles bien armados como Sanchos de su aventura. Dejo de tarea —ya en la lectura de la novela o bien, a través de las películas— la revelación de los destinos de esos tres personajes: ¿qué será de la niña que florece en medio del horror del mundo? ¿dónde terminan y cómo se cantan las hazañas de los caballeros andantes? ¿quién tiene agallas de verdad?

Desde hace un tiempo viene inundando la conciencia de una inmensa mayoría de personas la figura empecinada, directa u determinada de una niña llamada Greta Thunberg, trenzas como agallas sobre los hombros de sus blusas sencillas o su gabardina amarilla. Ha llegado hasta la cima de las naciones unidas del mundo para mirar al Diablo y su olor a azufre, hipnotizada con el paso de su fleco al aire y ha retado abiertamente a la hipocresía de los políticos que sólo se preocupan por el deber y el haber de las finanzas públicas. La niña se está haciendo mujer reclamando la honra de su infancia perdida como una Mattie Ross que ha salido sobre un corcel con un viejo revólver para intentar ajusticiar al asesino de su padre. Dejo también de tarea el descubrimiento de quiénes fueron los escuderos que la acompañaron en una nao ecológica para atravesar el mar con el mensaje del futuro que representa y digo que la niña lleva razón: se ha partido el alma manifestándose —primero— frente al parlamento de su natal Suecia para imponer al menos la conciencia contagiosa de que algo anda mal con nuestro mortal afán por contaminarnos el planeta.

Hija de una cantante de ópera y un actor, ambos suecos, Greta Thunberg es nieta de un actor y director teatral que bien podrían escribir ya la trama de su novela combativa: diagnosticada con el síndrome de Asperger, propensa activa al desorden obsesivo-compulsivo y a menudo supuestamente limitada con vados de mutismo selectivo, Greta considera que sus síntomas son más un superpoder que desventaja y a los 14 años —como Mattie en el Viejo Oeste— dejó de asistir a clases para plantarse ante el Parlamento, contagiar a miles de clones y otras trenzas hasta lograr que hubiera un serio pronunciamiento o propósito de enmienda para aligerar el negro futuro que el hemos heredado ya a las generaciones futuras. Al hacerlo global, su generación se ha expuesto a los ataques y violencia de quienes la critican sin conocerla, los que la comparan exageradamente con la indigencia infantil que sufre en las mazmorras del mundo, pero al alzar su voz no escuchan que su silencio es también el vacío de los niños esclavos, la muerte chiquita de las niñas abusadas en tantos parajes y la ignorancia instalada de millones de seres que no han caído en la cuenta de lo inútil, innecesario y nocivo que son los componentes del plástico, plástico por toneladas, plástico en la falsedad de los maquillajes y mentiras, plástico en los portafolios de los poderosos, plástico nada estético de la política de pacotilla y plástico que amordaza a las mejores políticas públicas que bien deberían trenzarse las agallas con la voz de millones de niños-adultos, jóvenes que ejercen con su mirada fija una lúcida madurez que derrite el terrorífico flequillo pueril de los poderosos que se creen invencibles por mentirosos e intocables por evasivos.

Rooster Cogburn y Alonso Quijano cabalgan de nuevo hacia un horizonte que podría amanecer mejor para todos si trenzamos las verdaderas agallas de quien no teme alzar la voz, reclamar en público, evitar el púlpito para así volver al pupitre… y de paso, despertarnos a todos con la mínima conciencia de que aún podríamos hacer algo de veras notable para cambiar el aire que respiramos. Aquí queda eso y el agradecimiento mis hijos por haberme instando a escribirlo.

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