Agua de azar

Aislado

Jorge F. Hernández

Con estas líneas me despido de D. Carlos de la Isla Veraza, Profesor Emérito del Instituto Tecnológico Autónomo de México, Maestro Entrañable y Caballero Andante. De la Isla entraba a las aulas como si fuera a dirigir otro desembarco en Normandía, con una elegancia callada y una seriedad engañosa, pues al primer ripio —ya de ocasional brillantez o de la acostumbrada modorra— que exhalara cualquier alumno, aparecía una sonrisa como de sol abierto.

De lejos, me entero de su partida y lamento no conocer su trayectoria, la cuadrícula de su biografía o los muchos méritos que lo avalan como inmenso Maestro; me basta compartir que Carlos de la Isla me enseñó a leer e intentaré explicarme: uno aprende a leer de niño en el regazo amoroso de la familia y la identificación de las primeras letras se vuelve una nueva manera de pasear en brazos o carriola. La mirada va hilando las sílabas del mundo entero al alzar y luego, uno vuelve a aprender a leer cuando algún arcángel lleva la mano —ya armada con lápiz— y dirige las yemas de una memoria instantánea y táctil para que jamás olvidemos los signos que marcan nuestro nombre.

Con los días que se vuelven años, uno aprende a leer por obligación y también por diversión, para distraer tentaciones o fomentarlas con imaginación, para alimentar de recuerdos la memoria que ha de ejercitarse como músculo… y de un tiempo a esta parte, para reconocer garabatos en pantallas electrónicas y luego, patéticamente inventar un nuevo lenguaje de emojis y palabras mal escritas y me temo que ya son legión quienes creen que leen y no son capaces de reconocer los letreros en las calles, el verso íntimo de un amor encendido o la declaración que alguien escribió para ellos ante el pódium del poder.

Dicho lo anterior, a los 19 años de edad conocí a Carlos de la Isla en un viejo santuario mucho más humanista y académico que se sembró por las calles empedradas de San Ángel y se sigue llamando coloquialmente ITAM. Los nuevos tiempos —ya por ignorancia o una pueril envidia mal tratada— han puesto de moda denostar a la vieja institución de entrada y sin conocimiento de causa, pero también los nuevos tiempos han convertido al antiguo templo en una hornacina tecnocrática con más ánimo matemático y galáctico, que literario y cultural. El ansia y angustia de las nuevas generaciones, la adrenalina necia de una competencia etérea por el triunfo total, el promedio perfecto y el rendimiento fiduciario de la costosa matrícula se unen en un batiburrillo de la nueva definición de excelencia privilegiando algoritmos por encima de la vieja gracia peripatética de los Maestros con mayúscula que parecían levitar por los pasillos del ITAM como toga inmaculada. Hablo de Carlos de la Isla y de Luis Astey, de Juián Meza y Ramón Zorrilla, de Víctor Blanco y Antonio Bassols, de Germán Estrada y de todos los fantasmas vivos que no enlisto aquí para no desaprovechar cada línea de este párrafo para evocar a todos con gratitud y provecho. De toda la Plèiade de Profesores de aquél ITAM quizá irrecuperable no pocas generaciones pueden aliviar su conciencia y agradecer que no salieron puramente tecnócratas ni robotizados gracias en gran parte a las lecturas, senderos y conversaciones de fino debate que se establecían con las materias y maestros de lo que llamaban “Estudios Generales”.

Era el tronco común más cimentado, plural e incluyente de la comarca, era un archipiélago de autores de todas las épocas —renacidos gracias al atrevimiento quizá ahora ilegal de las fotocopias engrapadas— que cada una de las materias y maestros editaron para honra y prez de la inteligencia, la cultura general y la configuración de un ánima sensible y universal que apuntalaba todos los tecnicismos y álgebras, toda la estadística y economotería en el espacio, todo el debe y el haber y el número Pi y la elasticidad-punto de la demanda que llenaba los pizarrones de todas las otras materias y todas las demás aulas, tan lejanas al Ágora donde pisaba Carlos de la Isla, que cubría su boca con la mano izquierda, que era capaz de marcar una errata verbal con la mirada clara y que nos fue enseñando a cada uno de sus alumnos el impagable arte de hablar con los muertos en párrafos, pensar en voz alta con fundamento e intentar encontrar razones por encima de necedades y totalmente al margen de la ignorancia; no fue enseñando a buscar e inventar preguntas sin fin, a contrapelo de los científicos que partían la lanza por verdades inapelables. En una palabra, De la Isla nos enseñó a aislarnos del ruido para concentrarnos en la filarmonía de las ideas, en la música de los conceptos y hoy que me entero de su partida me siento honradamente aislado en el abrazo que lanzo para él en el mar.

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