Agua de azar

Algoritmo

Jorge F. Hernández

Ya caducó la sorpresa y —quizá— ya ni sabe a intimidación o espionaje: la nube negra ya sabe qué camisas XXXL me gustan, la bibliografía que reúno para otra novelita y los lugares donde me gusta comer. La negra nube ya tiene copia de mis contactos y se sabe las fechas de aniversarios varios, las efemérides y una detallada nómina de las tres columnas que publico cada semana en papel periódico, amén de los libros que poco a poco van desapareciendo de los estantes; esa nube negra no solo me localiza con el bisturí de los mapas que llaman GPS, sino que conoce a línea mis paseos y deambulaciones como si fuera tatuaje peripatético de la errancia. Ya lo dijo Snowden: mientras haya pila en el teléfono móvil alguien o algo escucha y (en tanto no dejemos los aparatos en el congelador) y oyen los pleitos pasajeros, las pasiones permanentes y también puras pendejadas; escuchan las marcas del pienso para perros, las croquetitas de premio (canino y humano) y ese nombre de crema depiladora que se supone fue murmurado en voz baja para que nadie sepa el más grande secreto de mi metrosexualidad.

El metiche se llama Algoritmo, nombre que se latinizó de Muhammad ibn Müsa Al-Khwarizmi, matemático del siglo IX en sintonía con los numerólogos de la Grecia antigua que midieron las sombras de Eratóstenes y la búsqueda de los números primos… y ahora, alguien se sabe la lista de todos mis adorados primos y en particular, uno que fue hermano y se esfumó con sonrisa. Alguien o algo en la negra nube del Algoritmo ya hiló todos los papeles que me unen a mis padres y abuelos, a los libros de los fantasmas con los que hablo en silencio casi todas las noches e incluso han de tener una bitácora de párrafos subrayados en pantalla y la música callada que escucho para imaginar que la veo caminando hacia mí por una vereda supuestamente indefinida en medio de un simulacro de bosque que es parque en medio de una ciudad inmensa. Ese algo tan algoritmo sabe la marca de agua de las libretas donde escribo y dibujo garabatos diminutos y personajes pendientes, la marca de las plumas que se adhieren a las yemas de los dedos y la tinta china que se talla desde el lomo de una diminuta piedra como carcaza de tortuga enana. Ese Algo sabe los horarios de los trenes y las veces que he cruzado cierto océano e incluso, se entera de las horas muertas en que ha de pensar que duermo… pero no se entera del sueño de una siesta de otoño ni de la sabrosa conversación que tuve con mi padre en un viaje largo al volante.

No se entera ni Assange de que hay trayectos en el Metro donde construyo un eléctrico momento de utopía, sin canas, que nada tiene que ver con el párrafo que supuestamente voy leyendo en libro abierto y no se entera mi Algoritmo del más fino antojo por un postre innombrable o de la ira que le tengo acumulada a un puñado de innombrables. Nadie sabe en qué va la novela que soy incapaz de terminar de redactar en mi cabeza ni la justificación de un parpadeo por azar en el instante en que escucho la voz de un niño con gafas, ni se enteran del nítido recuerdo intacto de mis hijos en brazos o la luz que llevan los ojos de mi madre cuando recuerda en número preciso.

Nadie se entera del único beso de veras o de un abrazo bajo la lluvia, la conversación en penumbra en la cabina de un tren que nadie sabe a ciencia cierta de dónde partió ni mucho menos, el diario de a bordo de un barco que no ha zarpado y aunque tengan clasificada la hoja clínica de todos mis infartos, la cornada del cáncer y calculados en pesos los cálculos renales o las caries dentales, no saben nada del verdadero dolor o del alivio que puede producir sin razonamientos automatizados un breve silencio justo a la mitad de una partitura de Mozart o la inexplicable sincronía con la que parece que estuve presente durante la última grabación juntos de los Beatles o lo que me permite meterme a un cuadro de Velázquez sin que se ofendan las autoridades del Museo del Prado y media hora más tarde volar por encima del Paso de Cortés en medio de volcanes nevados y contemplar intacta la Gran Tenochtitlan sin más algoritmo que la cuadrícula perfecta de las sucesivas ciudades que se superponen como piel de melón o capa del cerebro donde no llega la negra nube que se empeña en definir y predecirme, sin considerar que —en realidad— somos no más que recuerdos remotos de estrellas incandescentes cuyo rumbo y luz no se miden números sino en humo de amor, neblina de afectos y todo lo invisible que late bajo el fino telón de los párpados.

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