Agua de azar

Capitán

Jorge F. Hernández

Por un azar que parece inexplicable, Madrid regala intempestivamente momentos invaluables: el paso fugaz de un sueño, la confirmación de que nuestros afectos de antaño son fantasmas felices y el consuelo de que toda elación tóxica está muy por debajo de la sobria borrachera del gozo puro, la conversación de sobremesa y el silencio que nos une. Sobre la mesa de un café con hielos, entre el imprevisible calor de otoño y el recuerdo frío de otros tiempos, tuve durante un par de horas el sueño cumplido de estrechar en párrafos y abrazos a José Antonio Ramírez “El Capitán”, hijo de D. Alfonso Ramírez “El Calesero”, Figura del toreo.

¡Oh Captain, My Captain!, que un 9 de octubre de 1977 cuajó un tratado barroco de carísima estética sobre la arena de la Monumental Plaza de Toros México en una coreografía compaginada con un toro que se llamó “Pelotero” de la ganadería de San Martín. Quienes presenciamos aquélla epifanía jamás olvidamos un lance lánguido y perfecto con su capote de seda que confirmaba un secreto axioma heredado de su padre: la eternidad es una larga cordobesa y luego, ya con la muleta, mi Capitán le caminó a “Pelotero” como si redactara un párrafo de prosa barroca, un breve tratado matrimonial de conjugación y sincronía que remató al filo de los medios con un pase llamado “El duende” inventado por “El Calesero” y que no es más que la materialización de la magia, ese nosequé que tienen ciertos palos del flamenco, aroma callado de un fleco sobre la ceja de un ojo azul o la inalcanzable curvatura de los labios que alguna vez fueron beso entre neblina.

Habiendo soñado con figurar vestido de luces, la faena de mi Capitán a “Pelotero” contribuyó al espejismo que siendo mi anhelo, pronto sirvió de espejo para asumir la resignación de mi actual obesidad: uno no puede aspirar a cuajar un concierto de oboe cuando la sombra de Mozart pesa felizmente sobre los oídos como si fuera la conciencia misma. Aquél día, la plaza estaba llena hasta la bandera por la expectación que causaba el sólo anuncio de los alternantes de “El Capitán” y nadie olvida que el primer capotazo que recibió “Pelotero” fue ejecutado al vuelo por un atrevido espontáneo que saltó al ruedo sobre el tejado de toriles y que el destino habría de recompensar años después convirtiéndolo también en leyenda: era Rodolfo Rodríguez “El Pana” en su época de hambre, de maletilla al óleo en la forja de su ánimo enrevesado de un romanticismo que esa tarde, por lo menos, quedó opacado por el señorío y elegancia, la inspiración y el donaire con el que José Antonio Ramírez redefinió el Universo.

Apelo a la tolerancia de los antitaurinos (que es como pedir que todo aquel que odie a la ópera me permita elogiar un aria) y escribo estos párrafos como constancia de una gratitud. Incluso, informo a los animalistas que “Pelotero” se volvió inmortal aquel octubre de 1977 tanto como parece intemporal la figura de este hombre ya canoso, misma figura del toreo, que se sienta en la mesa de un café con hielos en pleno corazón de Madrid para que uno no olvide que estos encuentros ayudan a desvelar otro supuesto misterio del tiempo y sus sortilegios: la evocación de afectos en coincidencia y la resurrección de nuestros muertos compartidos engrandecen el ánimo callado del ser, de lo que uno es (quizá sabiendo lo que fuimos ayer) y apuntalan la más íntima convicción de lo que uno quiere y puede llegar a ser (al tiempo que se aclara lo que uno definitivamente ya no quiere ser). Parecía entonces que se sentaba a la mesa su padre “El Calesero” y un monarca de seda y oro que se llama David Silveti y la mesa —con sobremesa se alargaba con la llegada de mi padre y su hermano Santiago, de mi madre y su hermano Pedro, de la carcajada invaluable del Mosco Suárez y de toreros decimonónicos que supuestamente acumulan polvo en las vitrinas de los archivos y hemerotecas.

Esto va mucho más allá de la afición o de la tauromaquia. Estos es literatura y si me apuran, hasta mística y escalofrío: un azar permite el encuentro con un ídolo y la evocación se convierte en memoria viva cuando pude narrar paso a paso, pase a pase, la faena que congeló en el tiempo hace casi medio siglo un monumento no de bronce, sino prójimo y próximo que es ejemplo admirable por la manera en que le caminó a “Pelotero”, paso a paso con la serena sobriedad con la que camina la vida… y ai’queda eso.

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