Elogio de egregios

Ciudad de México /
Jorge F. Hernández

Don Luis González y González guiaba andando. Me tocó abrevar del invaluable magisterio peripatético con el que mi Maestro caminaba cátedras por las calles de la ahora CdMx o desde su casa solariega en San José de Gracia hasta la punta del cerro llamado de Larios, aunque Rulfo lo inmortalizó como “Luvina”. Paternal y liviano, Don Luis era un erudito que escuchaba y marcaba senderos con preguntas como mayéutica y su generosidad se abría en una inmensa biblioteca de libros y más libros que acompañaban la sobremesa, la conversación y el delicado contagio de las preguntas como alimento del conocimiento.

Don José Luis Martínez iba al timón al otro lado de una mesa en medio de una casa entera de libros, con un librero que era además puerta hacia una cámara secreta del Capitán Nemo. Hablaba con la respiración en pausas, tomando agua de jamaica en un vaso que reposaba sobre un mantelito largo que llaman caminito, quizá porque libro a libro y ficha a ficha me fue dirigiendo algo más que una tesis. Contagiaba la vida en letras, leer el mundo, la realidad y el pretérito como quien forja una honesta conciencia no solo del presente sino de lo que cada quien en cada cual es capaz de convertir en futuro. Discípulo de reyes y amigo de un poeta ciego, Martínez era ejemplo de que el oficio de historiar también se ejerce andando párrafos y pláticas.

Don Juan Pérez de Tudela solo aceptaba preguntas o añadiduras a su cátedra en la Complutense con cita previa en la Real Academia de la Historia en la calle de León, corazón de Madrid. Había que ir de corbata y con la lección bien aprendida, pero se podía intercalar conversación como tauromaquia y caminar por Alcalá hasta el recuerdo intacto de un bombardeo nefasto sobre el Paseo de Recoletos. Era también caballero andante y la alargada sombra de su delgadez señorial me acompañó por todos los archivos y bibliotecas.

Don José Cepeda Adán llevaba una calza en el zapato izquierdo y el chisme es que había sido herido en batalla, pero su bondadosa sonrisa iluminaba con prosa pura toda su conversación. A él debo la amistad inalterada con Antonio Muñoz Molina, el recuerdo de Granada y la propensión a conjugar el ensueño con la realidad.

Hay otros profesores varios con los que tengo deuda intelectual y académica, pero hoy quiero abrazar con infinita gratitud a los cuatro egregios que me ayudaron a sentirme historiador sin ser no más que lector y contador de historias.


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite