En el 70 brincamos de la arenosa pantalla en blanco y negro (donde apenas un año antes vimos a los astronautas en la Luna) a la increíble imagen de todos los colores que brotaban desde el Estadio Azteca: globos multicolores de varios tamaños, niños con todos los uniformes de los participantes y parecía que el verde de las canchas era más verde que nunca. Inglaterra campeona se entera rápidamente que Guadalajara era carioca; Alemania en Comanjilla y Brasil en Guanajuato eran como párrafos perfectos para Ibargüengoitia; Perú era heroico y Uruguay parecía el fantasma de veinte años intactos. Luego, vino Italia y el descalabro de México en Toluca (vestidos de rojo sangre) y luego volvió a llover y llover hasta pocos minutos antes de la inauguración de otro Mundial.
Juanito 70 se volvió Pique con bigotes en el 86 y en la cancha un jugador de México agradecía al Cielo un gol. Días más tarde sobre la misma alfombra del Azteca, Manuel Negrete en pared con Javier Aguirre dibuja en el aire el gol más bello de ese Mundial, Maradona dribla a todos los asistentes, jugadores y espectadores incluidos en un eslalon gigante y el engaño de la mano. España en Querétaro y Bélgica contra la Unión Soviética con balones de Chernobyl, Bulgaria en Monterrey, Dinamarca en Neza con Francescoli como príncipe invitado y Alemania como compañía ferrocarrilera.
Las canas pintan hoy otro paisaje de Mundial. Los boletos rondan precios inaccesibles, la transmisión de los partidos no es libre ni abierta, plagada por necias interrupciones de publicidad imbécil y ruido, mucho ruido. Sólo niños millonarios podrían llenar el álbum de cromos con la exagerada cantidad de equipos participantes en una injusta repartición donde alguien decidió compartir sede con el Imperio abusivo de Trump… el ridículo Infantino con su premio pacífico de pacotilla, su negocio impune e impuestos inexistentes. Más de lo mismo que ha mancillado tanta sanidad y cordura del mundo en Mundial, pero queda intacto el milagro instantáneo de un solo gol que nos permita olvidar por un suspiro efímero todos los males del mundo Mundial.
Llego de la mano de mi padre a las escaleras que desembocan en la media cancha. El pasto verdísimo, “los héroes numerados” escribe Villoro, un hombre de bata blanca sirve Pepsi con manguera desde un tanque que carga a las espaldas como astronauta. Pelé se eleva en las alturas… y llega la lluvia.
Llego de la mano de mi novia al Azteca donde han acomodado a toda la población de México. La tribuna exige la presencia de un abuelo, la raza le chifla a Hugo nomás porque sí, el pueblo canta a capella el Himno a falta de disco y en un parpadeo nos anulan un gol en Monterrey frente a Alemania, al filo del soñado quinto partido y yo navegaba la confusión en un mar alcoholizado: tanto que no pude ver el segundo tiempo ni enterarme de la derrota y me fui a la Columna de la Independencia a celebrar un triunfo inexistente en medio de un desolador vacío de derrota… pero eso fue en otro Mundial.