Agua de azar

Eñe verde

Jorge F. Hernández

El Festival Eñe es una maravilla que desde hace once años irradia —prosa y verso— en activa conversación entre escritores y lectores. Otro intento: el Festival Eñe reúne los esfuerzos del Instituto Cervantes, la Real Academia Española, Casa de América, Biblioteca Nacional de España bajo el faro-guía de un santuario llamado La Fábrica y todos a una convocan a escritores que escriben obras con Eñe, es decir en español (idioma) o castellano (lengua) y de entre sinfín de conferencias, coloquios, tertulias y diversas actividades lograr una difusión y defensa, dimensión y delirio de la invaluable cultura que nos une y el habla que nos sueña en por lo menos 22 países del planeta…. Último intento: En la onceava edición del Festival Eñe se les ha ocurrido tener a México como País Invitado (cosa que no se había hecho hasta ahora con ninguna otra nación) y la letra entrañable se puso verde, esa letra de ensoñación que no cuajó en francés (donde su sonido sigue uniendo a la g con n) y que no existe en inglés (donde evitan las tildes hasta en los estadios de beisbol), anda de verde que te quiero verde, verde limón y verde bandera con águila y serpiente al canto.

Eso es: durante la duración del Festival Eñe en Madrid, México le canta a la gran literatura que ha transpirado desde hace medio milenio, paseando párrafos y páginas de autores inmortales, coetáneos recién publicados, evocaciones de ausentes y presencia de los jóvenes que han abierto ya las compuertas de lo que puede llamarse una nueva literatura polifacética y multimedia, ilimitada e iluminada, instantánea y concreta. Ya en el Círculo de Bellas Artes —donde nace la Gran Vía en su cruce con Alcalá— en la bóveda inviolable de Instituto Cervantes o en el resucitado Instituto Cultural de México de la Carrera de San Jerónimo, miles de lectores madrileños y españoles de todos los rumbos podrán ver en persona a los autores mexicanos que quizá solo imaginaban en tinta: por allí viene, cabellera al viento, Fernanda Melchor y Luis Jorge Boone con gafas oscuras y un ligero dolor de espalda: por allí se deja oír un verso de Jorge Valdés Díaz-Vélez y flota como neblina un tal Carlos Velázquez y en una calle estrecha del Barrio de las Letras parece que se asoma el misterio de Liliana Blum… y sobre los tejados uniformes de este Madrid adorado flotan los libros de Emiliano Monge, Verónica Gerber, Antonio Ortuño y Valeria Luiselli y no hago la lista completa porque simplemente no caben, pues se trata de que todo autor mexicano vivo y muerto, contemporáneo e intemporal y todos los libros que nunca serán demasiados, entre novelas y cuentos, crónicas y poesía, viajes y tuiterías convivan y conversen con sus pares peninsulares, y de las conversaciones entre autores de ambos lados del charco se confirmará lo mucho que nos une, los lazos de los abrazos con tantas palabras que nos tenemos que traducir mutuamente al tiempo en que llenamos el diccionario común con verbos que no necesitan traducción alguna.

Se confirmará el eco de las magias y la resonancia de las maravillas, las cosas tantas cosas que parecen de encantamiento que leíamos en el libro del Amadís y la tierna luz de un poema que soñó una monja barroca o el óleo de los tiempos que hace ochenta años envió a bogar el primer barco de un exilio que fue flor y canto. Se verá entre nubes la sonrisa de todo lo que nos une y habrá talleres de mínima duración para que cada lector tenga oportunidad de saberse leído por su autor favorito y cada escritor poniéndose a prueba con el rasero palpable de sus lectores en vivo.

Que se premiará a Javier Cercas y que veremos de cercas a Manuel Vilas, que nos toca escuchar la conversación allende palabras de Elvira Lindo con Antonio Muñoz Molina y que me urge conocer a Elvira Sastre y Adolfo García Ortega o volver a ver a Abad Faciolince y Caparrós y tomar un café en un hotel de puras letras en plena Gran Vía que parece que se alfombra con claveles dictados por Agustín Lara en un schotis, cada clavel que se multiplica como todos los nombres de tantos escritores de Eñe en verde que no alcanzo a enumerar y que —añado para quisquilla— van exactamente divididos entre hombres y mujeres, multiplicados en unas jornadas que se celebrarán en Málaga y en una lectura palpitante que se extenderá hasta diciembre en el antiguo Matadero de Madrid convertido por ahora en Macondo, donde se une México con Colombia y Madrid con todo el infinito continente que Carlos Fuentes bautizó como Territorio de la Mancha, allí donde entre las líneas de tinta que parecen pequeñas hormigas en fila se destaca una letra entre todas, que lleva sombrero y parece guiñar.

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