Hablan las fotos

Ciudad de México /
Jorge F. Hernández

Se ha reprobado desde un promontorio la publicación de las fotografías de algunas de las víctimas del descarrilamiento de un tren. Parece pleonasmo de eufemismo, pues así como creen aséptico evitar los nombres y apellidos (cuantimás los retratos) de los cientos de muertos, heridos y desaparecidos mexicanos que se vuelven fantasmas cada uno de los días de cada uno de los años recientes, así también se oficializa la minimización de cualquier tragedia declarando al hecho no más que “un evento ferroviario”.

Contra la verborrea cíclica y los enredos de la estulticia se han olvidado que la principal obligación es guardar un minuto de silencio y en vez de flagelarse como víctimas (¡!) de reprobación o denuestos, quizá podrían los poderosos reconocer que de los difuntos quedan sus nombres y apellidos (no el número que suman en la nómina de siniestros) y por lo menos, la fotografía que los retrataba en vida. Para los deudos y en el duelo, bajo la tiniebla del luto, queda el rostro retratado que no es una cara cualquiera.

La infame masacre de Palestina no queda retratada en un montón de latas aplastadas, aunque haya un intento artístico por exhibirlas como huella de tragedia irracional y por lo mismo no basta la dolorosa exhibición de cientos de zapatos y zapatitos huérfanos en una vitrina de Auschwitz; hay que honrar el vacío de los justos con la galería de sus retratos a rayas y sus nombres, así como también algunos hemos intentando transcribir los nombres propios de algunos que son cientos de niños palestinos que de muchos de ellos sólo quedan como pincelada la caligrafía de las sílabas que los identifican incluso muertos.

Mucho más allá de las “carpetas de investigación”, la amnesia del ai’se va o el descarrilamiento de un tren como “otro pedo” (según predicción de un proveedor corrupto de la línea ferroviaria), mucho más allá de las pedradas políticas y las pantomimas partidistas, mucho más allá de las nimias dádivas de simulado consuelo para deudos y familiares… lo que nos quedan son los retratos de los muertos, fotografías de frente, tamaño infantil, frente despejada, sin gafas o sonrisa que parecen hablarnos de noche ya para siempre. Por ello y por lo menos, una de las doce uvas con las que se reciban las campanadas debería reservarse para el susurro silencioso, la palabra pendiente, el refrendo constante más allá de la vida misma al despedir ya todo lo pasado para recibir un año intacto y besar la fotografía que nos queda como testigo en medio del doloroso vacío. 


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
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