Agua de azar

‘Pepe’

Jorge F. Hernández

Tenía guardada en una caja la carta que le escribió Ramón Gómez de la Serna desde Buenos Aires: tinta roja sobre papel amarillo, como bandera de España o gotitas de sangre sobre el albero y en ayer no muy lejano en el que cayó en desesperación económica, vendió la primera edición de Las mil y una noches traducidas por Richard F. Burton con la que se había despedido de él su amigo Luis Buñuel y con el dinero que le dieron por eso vivió más de un año entero. También tenía cartas que le envió Charles Chaplin y una estilográfica Pelikan que inexplicablemente licuaba y coagulaba la misma vieja tinta azul de medianoche desde hace más de medio siglo y cientos de libros que poblaban los estantes de su universo íntimo y fantástico donde sus lecturas recreaban intactas los párrafos que le habían encendido el entusiasmo desde niño y cientos de películas que parecía saberse de memoria, no sólo en guiones y escenas, sino también los nombres de los cablistas, maquillistas y camarógrafos de cada uno de los largometrajes que él mismo proyectaba con su mirada sobre la blanca pared de todas las tardes.

Tenía un donaire de elegancia humilde y digna, de esa gracia que convierte cualquier corbata en un añadido digno de frac e inclinaba la gorra como un guiño al viento. De pronto, interrumpía al mundo con una carcajada y siempre, absolutamente siempre, contagiaba libros y cine, música y vibración de vida. Tenia una memoria que proyectaba hologramas y una serena seriedad para beber y la traviesa mirada de un detective prófugo de mala justicia o niño travieso de parvulario tras un cerro de papeles que eran ensayos, cuentos, reseñas y originales inéditos, pruebas cuadriculadas de imprenta desde los tiempos en que se usaban capillas y galeras para remar el ancho mar de la prosa constante y el verso ocasional, el epígrafe atinado o la frase más pegajosa del páramo.

Tenía tantos dones que lleva razón un discípulo que lo ha adjetivado como lujo y él mismo desdeñaría estas líneas achacándoles el epíteto de marmóreas en vez de memorias de un hombre genial, entrañable en cada sentencia, comentario y chiste; una joya de persona que alentó los vuelos de escritores hoy consagrados o abatidos en la legua y las trincheras de las dificultades de la tinta. Tenía ganas de escribir un libro que se titulara La mar en medio para evocar un verso de Garcilaso de la Vega y, comiendo tacos de lechuza, cambiaba de conversación para imitar las manos de Robert Mitchum en una película inolvidable y caminaba de madrugada con todos los amigos y poetas, escritores y cineastas que se le adelantaron entre neblina para recibirlo hoy mismo en quién sabe qué andén del más allá donde —finalmente— inicia su eternidad de autor en peligro del olvido colectivo, cuentista al filo de la amnesia editorial, porque era precisamente el honesto escritor que cuajaba sin falta las columnas periodísticas en esta misma casa de papel sin temor que se volvieran otoño amarillo para educación de cachorros o envoltorio de vasos en mudanzas intempestivas.

Tenía la vida resucitada del español convertido en mexicano sin dejar de ser jamás santanderino de tertulia en mesas de mármol o paseos al filo de un muelle donde el mar parece recitar las voces de los muertos entrañables. Tenía el nombre de Novel y tuvo que cambiarlo a José de la Colina para que los que no podremos jamás olvidarle intentemos agradecer su generoso ministerio llamándole en confianza el maestro con mayúscula que no permitiría que le dijéramos en público Maestro y el lector ahora etéreo que vaga sin tiempo por las mismas páginas que lo sedujeron en vida. Tenía tanta nostalgia por un gato que hipnotizaba con una mirada bizca y tenía la adrenalina del viajero del Metro que cruza siglos subterráneos para navegar la vuelta en coches de alquiler o amistades al volante que parecían resucitar el presente en la mirada maravillosa de un hombre que tenía todos los libros posibles empañados en los lentes como tatuaje de corzo.

Tenía una caligrafía de uso diario en un mundo donde los niños ya solo saben teclear y un portafolios cargado de pequeños grandes volúmenes de prosa permanente y tenía frases entrañables y detalles invaluables, ya en persona o por teléfono, ya en tinta o con el invisible empujón que dan los faros a cualquier navío en su primer viaje y creo que tenía una clara idea de lo que mucho que lo admiro y agradezco con interminable afecto todo lo que hizo, escribió y fomentó… aunque no creo que tuviera idea de la inmensa tristeza con la que no sé qué más escribirle que Pepe.

OPINIONES MÁS VISTAS